Monday, May 31, 2004


Y finalmente... después de tener perdido al cuenta cuentos de esta ocasión...la última parte de "El Castillo de las Tres Murallas"...




SIETE


Pocos días después, llegó una mendiga junto a la verja de la Muralla Erizada. Acercó la cara a los barrotes y se encontró con otros ojos que la miraban desde dentro. Era Altale que, después de comer, solía bajar a escudriñar el camino. Los ojos de la mujer brillaban mucho, pero como estaba tan cerca de los hierros, no se podía distinguir si era vieja o joven.

-¿Eres tú la hija de Serena?- le preguntó a Altalé-

-Si, soy yo- contestó ella-. Pero tú, quién eres? ¿Conoces a mi madre?

-Soy una mendiga- dijo ella, sin contestar la segunda pregunta-. ¿Por qué no me dejas pasar a verte?

-Espera un momento- contestó Altalé decidida.

Subió corriendo las escaleras y llegó al primer rellano. Allí, debajo de una piedra que se movía, le había visto a Tituc un día esconder la llave de la verja. Pero no la encontró. Cuando volvió a bajar corriendo y con el corazón alborotado, la mujer ya no estaba. Altalé empezó a llamarla por el nombre de su madre, por si acaso era ella, y no le contestaba sino el ruido del viento. Se estaba haciendo daño de tanto apretar la cara contra la verja.

De repente vio brillar algo en el suelo, al bajar los ojos. La mendiga había deslizado por entre los barrotes un alfiletero delgado de marfil. Altalé lo abrió y, en vez de agujas, encontró dentro de él un papelito enrollado. Se sentó en el primer escalón para desplegarlo. Era de seda rosa y tenía dibujada arriba con todo primor y detalle una cajita china. Debajo leyó: “Ha llegado la hora de que estés bien atenta de tus sueños Y de que los entiendas tú sola”.

Algunas veces Altalé le contaba sus sueños a Cambof para que le ayudara a descifrarlos, porque soñaba cosas muy raras. Y Cambof le decía que era complicado y que le dejara un día para estudiarlo. Luego le entregaba la explicación apuntada en un papel. Pero era como echar un misterio sobre otro, porque venía escrita con aquella caligrafía incomprensible, la misma que había usado para explicar los jeroglíficos de la escalera. Y se negaba a hacer más declaraciones.

Aquella noche Altalé se acostó muy temprano, puso el papelito rosa debajo de la almohada y soñó que Serena era una de las estatuas del jardín. Le hablaba y le decía que se pusiera a excavar al pie del tilo que había detrás de su pedestal, pero que se fijara bien en cuál para no confundirse con el de otra estatua.

A la mañana siguiente, casi con el alba, Altalé salió al jardín. Estaba segura que la estatua que le había hablado era la segunda empezando por el lado de allá. Representaba una reina con la mano derecha levantada. Detrás estab el tilo. Llamó a Tituc, le pidió que se pusiera a cavar allí y ella se sentó a su lado muy atenta. Las paletadas de tierra que Tituc sacaba iban formando un montoncito junto a las rodillas de Altalé. Cuando el montón ya había sobrepasado la altura del pedestal y Altalé empezaba a perder las esperanzas de encontrar nada, vio brillar de repente entre la tierra oscura una llave de oro. Se la metió por el escote y Tituc, que estaba de espaldas, no la vio cogerla.

-Déjalo, Tituc- le dijo-, y perdona la molestia. Ya veo que no aparece nada.

Esperó la tarde y subió sigilosamente a las habitaciones de Serena, después de haberse cerciorado de que su padre se había quedado dormido en una butaca del comedor. Avanzaba a oscuras por el pasillo con un poco de miedo al acordarse de los ronquidos de Lucandro, tan parecidos a los de un animal, y de la piel brillante y rojiza que le había visto a través de la camisa abierta. Apretaba la llave de oro dentro del puño cerrado, como si fuera un talismán. Se detuvo frente a una de las puertas prohibidas, metió la llave en la cerradura y empujó.

-Estaba segura, estaba segura- exclamó, al ver que la puerta cedía sin dificultad-. Gracias, madre.

Y entonces, cuando aún no había pasado del umbral y estaba mirando la gran cama llena de polvo donde ella había nacido, sonó en sus oídos una música muy rara que había olvidado completamente. Era la de una canción que le oyó cantar al maestro de música la tarde en que Serena y él se habían conocido. Nunca se había vuelto a acordar de aquella canción ni de aquella tarde, pero ahora las revivía con extraña fuerza.

Y avanzó como en sueños, hacia el balcón, cantando la canción del prisionero.

Enfrente, a la derecha de la Ladera de los Lobos, se alzaba el edificio de la cárcel. Nunca lo había visto tan bien ni tan cerca como de aquel cuarto. Abrió el balcón sin dejar de cantar ni de mirar aquella fachada fea y gris, llena de ventanucos con rejas. Mientras cantaba, pensaba en Amir, y así llegó a la estrofa final, sorprendida de lo bien que se acordaba de todas las palabras de la canción, a pesar de no haberla vuelto a oír nunca. El prisionero se había escapado de la cárcel y subía cuesta arriba llevando a su amada de la mano.


Dime, si tú lo sabes,
¿por dónde, amor, se va
hacia la libertad?

le preguntaba ella.


Y, de pronto, vio claramente Altalé, aunque sólo por instantes, una mano que aparecía entre las rejas de una de aquellas ventanas de enfrente y se quedaba señalando hacia el sitio por donde estaba a punto de ponerse el sol. Inmediatamente se volvió a meter.

Una sonrisa de felicidad se dibujó en los labios de Altalé. Se quedó todavía un rato mirando hacia el punto del cielo donde la mano había señalado y tarareando la música de la canción. Luego cerró el balcón muy consolada. Había entendido lo principal: que aquella mano era de Amir y que él sabía por dónde había que ir a buscar a Serena. Porque para Altalé, ir hacia la libertad era salir a buscar a su madre. Y Amir la iba a ayudar a encontrarla. Pensaba esto mientras registraba los cajones vacíos del pueblecito del tocador, entre los cuales encontró uno cerrado con llave.

Pero alzó los ojos y vio en un estante una cajita china exactamente igual a la que venía dibujada en el mensaje de la mendiga. “¡Qué bien se entiende todo!”, murmuró sonriendo divertida. Dentro de ella estaba la lleve del cajón. Altalé lo abrió y encontró un cuaderno con tapas de terciopelo. En la primera hoja estaba escrito: “Sueños y visiones de Serena”, con una letra igual a la del mensaje.

Cogió el cuaderno y salió de la habitación, por miedo a que se despertara su padre. Ya se había puesto el sol. Le parecía más que suficiente por aquella tarde.

-¡Por Amir!- dijo mirando hacia el balcón, antes de cerrar la puerta.
Y nunca se había sentido tan alegre.

Empezaron los días fríos y Altalé subió algunas tardes más al cuarto de costura, pero la mano aquella no volvió a aparecer por entre las rejas de la cárcel. ¿Habían soltado a Amir? Se lo preguntó a Luva y ella no sabía nada.

Después de leer con mucha atención el cuaderno de terciopelo verde, a Altalé le entraron muchas dudas. No sabía si consultar o no con Cambof las frases que no entendían, que eran muchas. Él había conocido mejor a su madre y tal vez tuviera pistas. Pero no se decidía. Habría tenido que contarle lo que le estaba pasando desde que vino la mendiga y su madre le había mandado que descifrara las cosas ella sola. Hacía mucho que no pasaba a visitar a Cambof. Y le echaba de menos.

-¿Qué haré?- le preguntaba al pájaro de fuego que tenía enjaulado en su cuarto-. Si voy a ver a Cambof, me notará en la cara que me pasa algo y se lo tendré que decir. Y si no voy, creerá que no le quiero. Pobre Cambof.

Y el pájaro de fuego la miraba a través de los barrotes de su jaula con aquellos ojos inteligentes que parecían entender como los de una persona amiga.

A medida que se acercaba la fecha de su cumpleaños, Altalé se ponía cada vez más nerviosa. Por una parte, tenía miedo de que Cambof fuera a morir. Pero, por otra, sentía que se le acababa el tiempo de encontrar a su madre. Las últimas palabras escritas en el cuaderno, con letra apresurada, eran: “Cuando cumplas quince años, niña mía, nos volveremos a ver. No me olvides nunca. Adiós”.

El día del cumpleaños de Altalé amaneció nevando. Ella se despertó muy tarde porque se había dormido hacia el amanecer y en seguida percibió ese silencio raro que deja la nieve. De lo primero que se acordó es de que tenía que soltar los pájaros de su cuarto. Había tenido un sueño en que su madre le mandaba hacerlo. “Será la última prueba”, le decía.

Se levantó, y estaba disponiéndose a abrir las jaulas, cuando llamaron con los nudillos a la puerta. Era Cambof Petapel. Casi nunca venía a visitarla y se quedó muy sorprendida. Traía un catalejo en la mano. Y en el rostro, una expresión triste.

-Felicidades y salud, Altalé- le dijo-. Te he traído este regalo. Como ya nunca me pasas a ver…

Altalé le abrazó con un nudo en la garganta. El catalejo era dorado y tenía una inscripción que decía: “Paso corto y mirada larga”.

-Gracias, Cambof. Es precioso. Luego iré a verte. Te lo prometo. Me pasaré la tarde contigo y te contaré muchas cosas.
Pero se lo decía con prisa y con ganas de que se fuera, para poder cumplir con el recado de su madre.

Cambof no dijo nada. Le dio un beso y luego, ya desde la puerta, cuando se iba, miró hacia ella sonriendo y agitó la mano con un gesto de solemne adiós. Lo último que vio Altalé fueron los reflejos de un anillo con piedra azul que llevaba siempre en el dedo índice. Cerró los ojos porque eran tan fuertes que la deslumbraban. Cuando los abrió, Cambof se había ido.

Altalé abrió todas las jaulas menos una y los pájaros salieron volando desde la ventana al jardín nevado. La jaula que había dejado cerrada era la del pájaro de fuego. La cogió y subió a las habitaciones de Serena con ella en una mano y el catalejo de Cambof en la otra.

Desde el balcón del cuarto de costura, la fachada gris de la cárcel se veía confusa entre la ventisca de nieve. Altalé abrió el balcón y entró un aire helado. Luego apoyó la jaula sobre la barandilla y la abrió también. El pájaro de fuego se quedó inmóvil asomado a la puertecita de la jaula, con los ojos fijos en Altalé, como si no quisiera salir.

-Adiós, amigo mío. No hay más remedio. Es la última prueba- le dijo ella.

Y le dio un beso en el pico.

El pájaro de fuego saltó a posarse sobre el catalejo y desde allí alzó vuelo hacia la cárcel.

Altalé tomó el catalejo y lo enfocó en aquella dirección. El pájaro iba abriendo a su paso un camino de luz por entre los copos de nieve. Voló derecho hasta la ventana de Amir. Por el redondelito del catalejo se veía muy bien. El reborde exterior estaba lleno de nieve, pero se fundió cuando el pájaro se posó allí. En ese momento salió por entre las rejas una mano con una carta azul que el pájaro se apresuró a coger con el pico. Altalé, a través del catalejo, distinguió un anillo centellante en el dedo índice de esa mano. Tuvo que cerrar los ojos porque la cegaban aquellos reflejos azules, tan parecidos a los del anillo de Cambof.

Cuando volvió a abrir los ojos, la mano se había metido y el pájaro había arrancado a volar nuevamente hacia ella con el papel en el pico. Altalé dejó el catalejo en el suelo y esperó con ansia su llegada. La ventisca le agitaba los cabellos, pero estaba tan emocionada que no sentía frío. El pájaro de fuego llegó, se posó en el balcón y lo cogió y lo apretó contra su pecho, tan abstraída, que no se dio cuenta de que el pájaro de fuego había alzado el vuelo hasta que ya era sólo un puntito de oro muy lejano en el horizonte.

Le dijo adiós con la mano y le entraron ganas de llorar. Pero la consolaba tener consigo aquel mensaje. Cerró el balcón, se sentó en la cama y lo desplegó. Era muy breve.

“Antes de llorar- decía-, baja a la Muralla Erizada. Nada es lo que parece.”

Se quedó suspensa. Tal vez tenía que bajar a la Muralla Erizada ahora mismo. Se dirigió a su cuarto y se puso un abrigo y un gorro de piel. Luego, sin saber por qué, cogió también un bolso y metió en él algunos objetos queridos, entre ellos el cuaderno de Serena. Pero, antes de salir del castillo, se acordó de la promesa que le había hecho a Cambof de pasar a verle. Y dirigió sus pasos hacia el torreón.

Cambof estaba sentado muy quieto en una butaca amarilla. Tenía los ojos cerrados y parecía más pequeño que nunca. Altalé se arrodilló a su lado y hundió la cara en los pliegues de su túnica.

-Creo que te lo tengo que decir, Cambof- empezó-. Me parece que quiero irme, que debo salir en busca de mi madre. Ha llegado el momento, ya he cumplido quince años y ella dejó escrito que a partir de ahora es cuando nos volveríamos a ver. ¿A ti qué te parece…? Es que te tengo que contar muchas cosas, vino una mendiga, ¿sabes…?, y luego…¿Pero qué te pasa, Cambof? ¿Por qué no me contestas? ¡Tienes las manos heladas!

Empezó a llamarlo y sacudirlo. Pero era inútil. Cambof estaba muerto. Y Altalé comprendió de repente que era la persona de este mundo a quien más había amado. No quería llorar. Antes de llorar tenía que bajar a la Muralla Erizada. Era la última prueba. Se inclinó a besar as manos frías de Cambof. No llevaba sortija alguna en el índice de la mano derecha. Le miró y, aunque tenía los ojos cerrados, le pareció descubrir en sus labios una mueca de risa.

También ella sonrió.

-¡Qué bien finges!- le dijo-. Nada es lo que parece. Adiós, dulce Cambof.

Bajó corriendo las escaleras nevadas. Donde ponía el pie, la nieve se derretía y surgía un redondelito de luz. Iba pensando que todo saldría bien, aunque no sabía qué era lo que tenía que salir bien.

Cuando llegó abajo, se detuvo y pensó: “Pero estoy loca. ¿A dónde voy si no tengo la llave de la verja?”. Y en ese mismo momento oyó con toda claridad la voz de Cambof que le decía:

-Vamos, date prisa. Te estamos esperando.

Levantó los ojos, porque le parecía que la voz venía de lo alto, y vio a un hombre sentado a caballo en la Muralla Erizada. Tenía los ojos negros y risueños y parecía muy joven. Pero, a pesar de lo raro que era verlo allí encima tan tranquilo, como si los pinchos que remataban la muralla fueran almohadones rellenos de plumas, a Altalé lo que más le extraño de todo fue no ver a Cambof por ningún lado.

-Oye, tú, quién seas, ¿has visto a Cambof?- le preguntó al joven-. Acaba de hablarme. Tiene que estar por ahí. Es un hombre pequeñito de pelo negro y túnica de colores. ¿Lo has visto?

-Yo no- dijo el chico-. Pero date prisa, anda. ¡Qué importa eso ahora!

-¡Cambof!- exclamó Altalé, cayendo de rodillas en la nieve-. ¡Eres tú! ¡Te conozco la voz! ¿No te haces daño ahí subido?

-No- dijo el chico-, pero ¿por qué no me llamas Amir? Recuerda que nada es lo que parece. Vamos, sube.

Le tendió la cuerda y Altalé vio que era capaz de trepar por ella con toda agilidad. Una vez arriba, se veía al otro lado una escalera apoyada en la muralla.

-Agárrate fuerte a mí- dijo Amir.

Rodeó con su brazo la cintura de Altalé y ella vio brillar en su dedo índice el anillo resplandeciente de Cambof.

-No sabía que eras tan hermosa- le dijo Amir al oído, cuando bajaba con ella en brazos por la escalera de cuerda-. Te amaba sin haberte visto. He tenido suerte.

Una vez llegados al camino, se cogieron de la mano y echaron a andar. A medida que avanzaban, iban abriendo una senda de luz entre la nieve, como el pájaro de fuego. Altalé tenía las mejillas rojas de felicidad y de frío. Se puso a cantar:


Dime, si tú lo sabes,
¿por dónde, amor, se va
hacia la libertad?.


Dieron la vuelta al castillo, se perdieron a lo lejos y Amir iba señalando hacia la cumbre de la Ladera de los Lobos con el brazo libre extendido.

Aquella misma noche, se abrió la ventana del dormitorio de Lucandro y un bulto encorvado se inclinó hacia el vacío, emitió un gruñido feroz, que fue coreado por las brundas, y se precipitó en la oscuridad surcada por las rachas de nieve. Se oyó el ruido de un cuerpo que caía al foso.

A la mañana siguiente, Tituc y Luva descubrieron con gran sorpresa que tanto Cambof, como Altalé, como Lucandro habían desaparecido. Pero lo que más les horrorizó fue contar las brundas del foso y comprobar que en vez de doce eran trece.


FIN...