"Dancing Castles"
Oil Painting
Leanne J. Krause
SEIS
Los vecinos de Belfondo tenían muchas más noticias de Altalé que habían tenido nunca de su madre. Luva, que se había hecho amiga de la posadera, se escapaba al pueblo siempre que podía y se pasaba las horas muertas contando gracias de la niña, de lo simpática, lo buena y lo lista que era.
Se había relajado un poco la disciplina que prohibía a los criados de Lucandro mezclarse con los belfondinos y alternar con ellos; y aunque seguía siendo Tituc el único que tenía permiso para bajar al pueblo, él a veces les daba la llave a otros servidores del castillo, cosa que no se atrevía a hacer antes. Y es que ahora Lucandro, a pesar de que tenía incluso peor carácter, no se enteraba tanto de las cosas. Vivía distraído, rumiando obsesiones suyas que le hacían mover los labios como si rezara, le ponían un gesto ceñudo y podían desembocar en cualquier estallido inesperado de furia, pero también le aislaban de lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
Los criados se habían dado cuenta de esto, pero, además de otra cosa importante: de que Altalé le desobedecía desde muy pequeña y de que él acababa por aguantarse, aunque fuera a regañadientes. A veces la castigaba y otras le pedía perdón. No sabía cómo contentar a la hija.
Contaban que cuando cumplió ocho años, la llevó Lucandro a una sala magnífica en el sótano llena de joyas, de esculturas y de vajilla de un cristal precioso veteado de oro, que se había puesto de rodillas delante de ella y le había dicho: “Todo esto es tuyo, Altalé, si no vuelves a nombrármela”, pero que ella, por toda contestación, se puso a romper objetos de cristal a patadas y a llorar gritando que no quería nada, que lo único que quería era que volviera su madre. Lucandro la había encerrado en una mazmorra durante una semana entera.
-Pero a ella los castigos no la amansan- le decía Luva con orgullo a la posadera-.
Salió de la mazmorra más testaruda que antes. Es él quien va perdiendo pie.
Otra cosa que contaba Luva era que Lucandro, a raíz de la desaparición de Serena, había condenado una escalera de caracol que comunicaba su dormitorio con las habitaciones de ella. Les dijo a todos que estaban embrujadas, las cerró con llave y prohibió que nadie se acercara a ellas bajo ningún pretexto. Pero Altalé sabía que había nacido en alguno de aquellos cuartos, porque Luva se lo dijo, y le gustaba mucho merodear por allí. Se sentaba a oscuras en el pasillo junto a las puertas prohibidas y se ponía a llamar a su madre o a cantar una canción muy rara que había inventado sobre un país donde creía que estaba Serena ahora. A Lucandro le sacaba de quicio aquello, la reñía y muchas veces tenía que llevársela de allí a rastras. Pero ella volvía siempre sin hacerle caso.
-La tiene que dejar por imposible- decía Luva-. Está comiéndole terreno.
En Belfondo les gustó mucho saber que la hija de Lucandro no tenía miedo de su padre y se atrevía a desobedecerle, aunque la castigara. Aquello les sirvió de ejemplo y la sintieron como aliada. También ellos podían desobedecer a Lucandro y afrontar sus iras, si lo hacía su propia hija.
Lo mismo que Luva contaba en Belfondo cosas del castillo, también a Altalé, según fue creciendo, le empezó a hablar de las calamidades e injusticias que sufrían aquellos pobres vasallos de su padre y de cómo tenían puesta su esperanza en ella.
-Me preguntan si tú los defenderás- le dijo un día.
-¿Yo? ¿Y qué tengo que hacer?
-Nada más quieren saber si eres su amiga. Si le piensas contar a tu padre lo que hablas conmigo.
-No, claro que no- dijo Altalé muy seria-. ¿Y eso es ayudarlos?
-Si, porque los animas. También quieren saber si te parece mal que cojan unas tierras que son de tu padre pero que él no las aprovecha ni casi debe saber que las tiene.
-No, no. ¿Cómo me va a parecer mal? Tienen razón. Diles que las cojan.
Y los habitantes de Belfondo empezaron a celebrar reuniones en la taberna para discutir aquellos asuntos. Decidieron invadir las tierras que Lucandro les negaba y dejar de pagarle impuestos. Pero decidieron, sobre todo, perderle el miedo. Algunos vecinos recelosos no acudían al principio a estas reuniones de la taberna, pero acabó viniendo el pueblo entero. Todos daban su opinión por turno. Los más cobardes decían que no podían hacer lo mismo que Altalé, porque era arriesgado.
-¿Por qué no? ¡Claro que podéis hacer lo mismo que ella!- exclamó cierta noche un chico que estaba sentado, no sabían desde cuándo, en una esquina del local-. ¡Y lo tenéis que hacer! Hay que imitar el ejemplo de Altalé, pero, al mismo tiempo, ofrecerle nuestra hazaña, para que se entere que no está sola. Ella es como nuestra reina y nuestro jefe. ¡Adelante por Altalé!
Todos le miraron. Era un chico moreno. Muy delgado. Dijo que venía de otros pueblos de hambre a buscar fortuna en éste, que había oído hablar del castillo de las tres murallas y que su dueño no le parecía invencible, sino un pobre loco.
-Si, un pobre loco- dijo alguien-. Pero nos puede mandar encarcelar.
Le contaron que Lucandro había mandado reconstruir un edificio en ruinas que había en la Ladera de los Lobos, y no para hacer un convento o un almacén de trigo o un hospital, sino para poner allí la cárcel. Desde entonces se sentía más seguro. Había mandado venir de la ciudad a unos guardias muy severos que andaban por los contornos persiguiendo a los ladrones y a los vagos. Pero como la rapiña y la vagancia son consecuencia de la pobreza, al poco tiempo de inaugurarla, la cárcel estaba llena, y tenía que soltar a unos presos para poder meter a otros. Algunos hasta se dejaban coger, de pura desesperación, porque dentro de la cárcel, aunque mal, comían algo. Había amurallado un terreno dentro de la cárcel donde los propios presos cultivaban hortalizas y tenían algunas aves de corral.
-¿Y ese terreno es suyo, no?- interrumpió vivamente el forastero.
Se hizo un silencio. Al chico le brillaban mucho los ojos.
-Bueno, suyo no sé- contestó alguien-.Pero, por lo menos, comen de él.
-Eso, comen de él- continuó el chico-. ¿Y todo por qué? ¡Porque están presos! Cazan primero a la gente para luego darle de comer. Pues nosotros vamos a hacer lo mismo, pero estando libres. ¡Vamos a comer! ¡Se acabó la paciencia! Cultivaremos todos los terrenos que a Lucandro le sobran y tiene abandonados, los de al lado del río. Tanto si le parece bien como si le parece mal. Además Altalé nos da permiso.
Hablaba con tanto calor y explicaba las cosas tan claras que a nadie se le ocurrió preguntarle quién le había informado de todo aquello ni de dónde sacaba tanta energía, sólo notaban que les estaba animando mucho y que necesitaban una persona así.
Poco a poco se fue convirtiendo en el caudillo de aquella empresa y todos los asuntos se los tenían que consultar a él para que les diera el visto bueno. Sobre todo cuando empezaron a darse cuenta que, a pesar de su gran juventud, entendía mucho de agricultura y de construcciones.
No sabían de él otra cosa sino que se llamaba Amir y que por las noches desaparecía.
-¿Y a dónde va?- le preguntó Altalé a Luva, una vez que le estaba hablando de él.
-Dice que se ha construido un albergue en un hueco del monte. Pero nunca lo ha visto nadie.
-¿Y por qué no vive en el pueblo?
-No sé.
A Altalé aquel chico le producía mucha curiosidad. Además Luva le había explicado que también a las mozas del pueblo las traía revueltas.
-Y tienen celos de ti- le contó sonriendo.
-¿De mí?
-Si, de ti. Porque siempre que va a beber agua en la taberna levanta el vaso y dice: “¡Por Altalé!”. Y todos le corean.
Altalé desde entonces inventó un juego que la divertía mucho, y era cerrar los ojos, siempre que bebía, y murmurar: ¡Por Amir!. No podía dejarlo de hacer, porque le parecía que le traía buena suerte.
Como, a cada día que pasaba, Lucandro estaba más desmemoriado y raro, tardó mucho en enterarse que los belfondinos habían empezado a vivir mejor. Y tampoco se dio cuenta que habían dejado de pagarle los impuestos. Así fueron pasando los años, y los campesinos de Belfondo, envalentonados al ver que no pasaba nada, fueron invadiendo todas sus tierras abandonadas, que eran muchas y estaban algo alejadas del pueblo. Empezaron a cultivarlas y a construir allí apriscos para el ganado y viviendas para la gente, con lo cual el pueblo se fue extendiendo y prosperó. Hasta el punto de que empezó a dividirse en dos, Belfondo del Castillo o el Viejo y Belfondo el Nuevo o del Río, porque estaba cerca del río.
Los guardias de la cárcel, aunque estaban bien al tanto de todas las novedades, no se decidían a informar a Lucandro, porque no les parecía mal. Algunos tenían novias o amigos entre los nuevos agricultores y cuando hablaban con ellos se daban cuenta de que estaban defendiendo una causa justa. De hecho, los maleantes y vagos que ahora soltaban no volvían a ingresar en prisión, porque en seguida encontraban trabajo; los que no en el campo, como albañiles de las nuevas edificaciones, o como tenderos.
También conocían los guardias a Amir y habían tomado copas juntos en la taberna. Era él quien los había convencido, más que ningún otro, de que no se trataba de un robo, sino de un acto de justicia.
-¿Lucandro vive peor que antes?- les preguntaba-. No, vive igual. Y ni se entera. ¿Pues entonces?
Pero cierto día, uno de aquellos guardias tuvo una riña con la hija del molinero, que era su novia. Y al día siguiente se enteró que ella le había dejado porque estaba enamorada del chico aquel morenito que echaba discursos. Al guardia le dio un ataque tan furibundo de celos que, sin consultarlo con ninguno de sus compañeros, se presentó a visitar a Lucandro y se lo contó todo.
Lucandro, aunque el problema lo veía confuso, sobre todo porque acababa de despertar de la siesta, se puso a vociferar y mandó a que detuvieran a aquel insolente que se atrevía a desobedecer su autoridad.
Así fue como metieron preso a Amir una tarde de otoño.