WhereIKeepYou
Chip Marks
CINCO
Pasaron los años y Altalé se convirtió en la muchacha que su madre había visto en sueños vestida de blanco. Algunas tardes, cuando bajaba a pasear al jardín, le parecía ver la sombra de Serena escurriéndose entre las estatuas, y entonces echaba a correr llamándola: “¡Madre!, ¡madre!”, porque sentía, como la chica del sueño, que le que tenía que dar un recado muy urgente, aunque no sabía cuál. Luego se paraba, al ver que no había nadie. Y se sonreía. Una de las ciencias que había aprendido Altalé era la de convertir la mueca de llanto en mueca de risa. Cambof le había dicho que llorar trae mala suerte, y que sólo salen bien las cosas que se desean sonriendo. Así que, en vez de echarse a llorar, pensaba que su madre se había se había escondido para jugar con ella. Y que también estaba sonriendo.
-¡Qué mala eres!- decía en voz alta-. Ya te has vuelto a escurrir otra vez. Pero la próxima te pillo.
Se quedaba a la escucha y sólo le contestaba el piar de los pájaros entre el ramaje.
Tenía de su madre un recuerdo tan lejano que ni siquiera estaba segura de reconocerla si aparecía. Pero sabía que iba a aparecer, no podía vivir sin aquella certeza. Y cuanto más tiempo pasaba y más se le borraba el rostro y la voz de Serena, más ganas tenía de volverla a ver.
Les preguntaba por ella a los pájaros del jardín, a las flores, a los conejos del bosquecillo, a las aguas del foso, a las nubes. Y las nubes eran las únicas que parecían contestarle algo. Cambiaban continuamente de forma, y era como si estuviera escribiendo una contestación a sus preguntas con aquellos signos de algodón deshilachado.
-No entiendo la letra de las nubes- le dijo un día a Cambof-. Se entiende todavía peor de lo que escribes tú. Pero me dicen muchas cosas, ¿sabes?
-Claro que te dirán cosas. Y cuánto más difíciles sean de entender, más verdad serán. Tú estáte siempre alerta, que los informes vienen de todos lados.
Y Altalé se mantenía alerta, a la espera de cualquier acontecimiento que pudiera tomarse como mensaje. Ni Tituc, ni Luva, ni siquiera Cambof, que parecían saberlo todo, le había sabido decir dónde estaba su madre, así que ya no se lo preguntaba a ninguno. Había llegado a la conclusión de que era un secreto complicado que tenía que desvelar ella sola.
-¿Sabes? Hoy la he visto un momento en el Foso de Abajo- le contestaba a Cambof-, pero se borró en seguida. Me llevaba en brazos y yo era pequeña. Luego me hice mayor, y se escondió. Se esconde porque le gusta hacérmelo desear, ¿verdad, Cambof?
-Claro- contestaba él-, le gusta jugar como al aire que sopla las nubes y las borra del cielo cuando quiere.
-A mi padre no le gusta jugar, ¿verdad que no?
Cambof se quedaba pensativo.
-Yo creo que no. Pero a lo mejor es que juega a ser malo. Juega a huir de la luz.
Cuando hablaban de Lucandro, Cambof y Altalé perdían la sonrisa. Desde que se fue Serena, Lucandro había envejecido mucho, le había dado por beber y se había quedado un poco sordo. A ratos se adormilaba y se despertaba gritando muy exaltado y abriendo los ojos con un gesto estúpido y furioso. Había prohibido que se pronunciara el nombre de Serena en toda la casa, pero Altalé le había desobedecido desde que era muy pequeña. Se atrevía a levantar la cabeza hacia él, desafiando su cólera, y a decirle: “No pienso dejar de hablar de mi madre en toda la vida”. Aguantaba sin rechistar los castigos y las riñas de Lucandro y jamás le pidió perdón. De esa manera consiguió que él se deira por vencido. Notaba que estaba perdiendo todo poder sobre su hija y que era él quién tenía que bajar los ojos cuando Altalé le miraba. Los ojos de Altalé despedían un fulgor como nunca se había visto. Y Lucandro la luz no la podía soportar. De día casi siempre estaba durmiendo. Y por la noche, de tanto rondar por el Foso de las Brundas y quedarse sentado junto a aquella humedad, se había vuelto reumático, y tenía muy fuertes dolores en la espalda. A veces subía a que Cambof le diera friegas con un cocimiento de hierbas de color añil.
-Las vértebras de la espina dorsal- le contó Cambof a Altalé en secreto- le sobresalen mucho, y toda la piel de la espalda se le ha endurecido y le brilla. Creo que se está operando en él una mutación.
-¿Qué es una mutación?- preguntó Altalé.
-Convertirse en una cosa más adecuada con los gustos de uno. Lucandro en la condición de hombre no está a gusto. Odia el sol, no quiere disfrutar ni pensar, no le importa nadie y su única aspiración es despertar miedo.
-Yo no le tengo miedo, le tengo pena- dijo Altalé.
-Claro, pero a él la pena no le sirve. Ha fracasado como hombre y acabará convirtiéndose en brunda, que es lo que quiere.
-¿Cómo puede querer eso?- se horrorizó Altalé.
-Tal vez no sea tan horrible ser brunda- decía Cambof-. Yo no te lo puedo decir porque nunca he sido brunda. Pero lo que en un hombre resulta monstruoso, a lo mejor al transformarse en esa otra figura se vuelve placer y cosa natural. Las brundas, si te fijas bien, son inofensivas y hasta pueden parecer simpáticas. Nada es lo que parece.
-En eso tienes razón- reflexionaba Altalé-. A mí, algunas veces, el agua de los fosos me parece que está pintada, aunque se mueve, y en cambio creo que las estatuas del jardín son personas de verdad que me hablan y se ríen. Es muy raro. ¿A ti no te pasan cosas así?
-Me pasaba cuando era águila- decía Cambof-. No distinguía la verdad de la mentira ni lo vivo de lo pintado. Desde tan alto, volando encima de las cosas, todo parece un juego. Nada es nuestro y todo es nuestro. Resulta ser muy agradable ser águila.
-¿Y cómo dejaste de serlo?- le preguntaba Altalé-. ¿Te cazaron?
-Ya no me acuerdo. Me morí sin notarlo. Cuando quise recordar, me había vuelto ermitaño y entendía todas las cosas que había visto siendo águila. Tenía la cueva en una montaña amarilla, por encima de la cual había planeado muchas veces. Era muy rara.
Las historias de Cambof Petapel estaban llenas de pausas, que Altalé aprovechaba para hacerle preguntas. Y de cada pregunta, surgía otra historia.
-¿Por qué era rara la montaña amarilla?
-Bueno, pues aparte de ser amarilla, terminaba en un pico de piedra tan afilado que parecía la aguja de una cúpula. Había un secreto que sólo sabían algunos pájaros, y que era que en aquel pico de piedra se enganchaba el sol todas las mañanas, se hacía una heridita y dejaba caer tres gotas de sangre dorada que se recogían en un estanque muy chico, la Poza del Sol se llamaba. Los pájaros que venían a beber allí, cuando el sol acababa de herirse y de dejar caer las tres gotas, se volvían de color de fuego y alcanzaban la inmortalidad. Pero yo creo que este secreto de la Poza del Sol- proseguía Cambof tras un nuevo silencio- me enteré siendo águila, no siendo ermitaño.
Uno de los pájaros que tenía Altalé en las jaulas de su cuarto era de color de fuego y la miraba con ojos tan inteligentes que se había hecho amigos desde el primer día.
Era al único que se dirigía como amigo, el único que la invitaba a hablar y le hacía compañía. Y empezó a pensar que pudiera haber bebido alguna mañana en la Poza del Sol. Por eso quería saber dónde estaba aquel sitio.
-¿Caía muy lejos de aquí esa montaña amarilla?
-No sé, hija- dijo Cambof-. Posiblemente muy lejos no estaría. Pero es que tampoco sé bien dónde estamos ahora. ¿Lo sabes tú?
Altalé movía la cabeza negativamente. Cuando Cambof se ponía a contarle historias, nunca sabían dónde estaban y ni si les alumbraba el sol o la luna, ni si hacía frío o calor, y hasta llegaba a olvidarse de quién era ella misma. Miraba alrededor y le parecía que estaban colgados del universo, navegando entre otros planetas sin rumbo fijo, como si todo el castillo fuera un globo soplado por el aire. ¿Qué más daba por dónde estuvieran pasando ni adonde se dirigieran?
-No, no sé dónde estamos- le contestaba-. Pero sigue contando, anda. ¿De ermitaño te aburrías?
-Creo que sí, que me aburría un poco. Pero allí, en la cueva aquella, me aficioné a pensar. Porque de águila, claro, no pensaba. Y me di cuenta de que todo da igual. Y de que, cuanto más igual dé todo, más fácil es que resucite uno.
A Altalé le fascinaban aquellas historias de resurrección, aunque no las entendiera bien, porque tampoco comprendía lo que era la muerte. Pero de vez en cuando le entraba mucho miedo y se abrazaba a las rodillas de Cambof. Le cogía las manos huesudas y se las llenaba de besos.
-Ya no te pensarás morir ninguna vez más, ¿verdad, Cambof?- preguntaba asustada-. Porque ahora estás conmigo. No me dejes nunca, ya no te mueras más, por favor, por lo que más quieras.
Cambof acariciaba con mucha delicadeza las trenzas negras de Altalé y su voz se volvía joven como la de un enamorado.
-Tú eres lo que más quiero, Altalé- le decía.
Ella levantaba la cara para mirarle y aquellos ojos rasgados del viejo lanzando chispas de luz le parecían lo más querido del mundo. Se echaba a llorar.
-Pero dime que no te vas a morir nunca. Prométemelo.
Cambof le secaba las lágrimas con la manga de su túnica de seda y movía la cabeza muy serio. Un día le dijo:
-No te puedo prometer eso. Esta vida que llevo se me está haciendo larga. Me iba a morir el día que tu madre se fue, pero aquella misma noche se me presentó ella en sueños y me dijo que tenía que esperar a que cumplieras quince años.
Altalé se acordó que los iba a cumplir dentro de muy poco.
-¿Quieres decir que te vas a morir ya?- preguntó con susto.
-Anda, no llores- le dijo Cambof-.
Cuando me muera te dejaré en buenas manos.
De eso puedes estar segura.