Friday, April 30, 2004




"s u e ñ o s o l v i d a d o s"
Siegfried Schreck

Me gusta soñar... me gusta imaginar cosas... dejar por momentos ésta mi realidad y vivir temporalmente fuera...

Los sueños le dan vida a la vida...



The Island Where I Come From
Laurie Anderson

Let me tell you a story about Kokovoko
The island where I come from
The beaches are littered with rotten coconuts
And there are pieces of old skulls lying all around

Jewels and sand and rising water
Visions I've seen and cries I've heard
I can't put these things into words
Might as well put some beans
In a hollow gourd and shake it, shake it

I've floated on an icecap with a white polar bear
I've floated up and down the golden stairs
I've seen whales and caught in sails all twiskeetwee
But me? I don't say much

Jewels and sand and rising water
Visions I've seen and cries I've heard
I can't put these things into words
Might as well put some beans
In a hollow gourd

There are lots of people who talk just to hear the sound
The sound, the sound of their own voices
But take an empty shell and put it up to your ear
You can hear the ocean rumbling around in there

Ooo the greasy wheel it goes round
The humming of the breeze it makes a whishing
and whirring sound
The sudden silence when the burning sun goes down

Jewels and sand and rising water
Visions I've seen and cries I've heard
I can't put these things into words
Might as well put some beans
In a hollow gourd and shake it, shake it

Thursday, April 29, 2004





4AM
Christel Dall


Después de la tormenta, viene la calma...

El balance final...

Aprendí cosas nuevas y me enfrenté a una situación de la cual habría salido huyendo y no lo hice...

Estoy segura que podremos manejar ésta y muchas cosas más...

Wednesday, April 28, 2004





Spin to Abyss
Sophia Tsibikaki


eso dolió...




Después de mi extendida sesión con mi psicóloga, he aqui los puntos importantes y a considerar:
1) Demasiado trabajo, no demasiada poca organización y sin embargo, necesito mejorar para poder manejar 4 experimentos a la vez... sé que puedo hacerlo, es cuestión de organización...
2) Los límites para con mi familia han funcionado bastante bien... creo que hemos llegado a una relación lo suficientemente sana...
3) Tengo menos tiempo para convivir con ellos... y ellos también menos tiempo para convivir conmigo... creo que los extraño...
4) En los asuntos del corazón:
a. El hecho de que la gente espere cosas de mi, no me gusta... de hecho, no es que espere cosas de mi... es tener una idea de cómo soy cuando a ciencia cierta no es seguro que lo sea... Una buena parte de mi vida lo hice, fui la mejor persona, ayudaba a todo el que lo pedía, me preocupaba sobremanera en resolver los problemas míos y de los demás... no me molestaba en lo más mínimo, pero eso cambió hace ya algunos años... ahora me pesa que la gente piense que soy la mejor persona, y aún peor, que me tome de ejemplo... es como cargar piedras en la espalda...
b. El hecho de ver cosas de relaciones anteriores que no me gustan (dado que fueron las cosas que me hicieron terminar con esas relaciones) en nuevas relaciones, me incomoda... de cierta manera me hace sentir que estoy dando un paso atrás, cuando en algún momento me sentía como ya adelante...
c. Necesito definir qué es lo que me detiene a sentir y luego pensar... tomé decisiones muy pensadas... en ese momento también fueron decisiones sentidas (muchas veces a sorpresa de mí misma)... pero cuando las cosas tomaron tintes más formales... cuando se requiere de "comprometerse" más... me dio y me da miedo... no me siento como para aventarme... es que no he superado la relación anterior... (no quiero que duela como dolió en algún momento)... o es que quiero/necesito tiempo para mi...
d. Finalmente, creo que me manejo en dos posiciones... no me gustan las expectativas, pero espero cosas de la gente... no quiero jugar a ser la mejor persona, pero sigo preocupándome por los demás... me gusta lo que hago, pero siento que me falta tiempo y espacio para hacer otras cosas...

Tuesday, April 27, 2004


No quiero tomar el papel principal en la obra... no quiero ser el personaje bueno en el que cae la responsabilidad... podría tomar algún otro... no sé si siquiera el secundario... tal vez el del personaje malo...

No sé... creo que me cuesta demasiado trabajo manejar este asunto de las expectativas... me da miedo...
Me siento saturada... supongo que ya me había acostumbrado a andar más sola... no es mal plan, pero necesito espacio...Tiempo y espacio...

Monday, April 26, 2004


Remember the Tinman
Tracy Chapman

There are locks on the doors
And chains stretched across all the entries to the inside
There's a gate and a fence
And bars to protect from only God knows what lurks outside
Who stole your heart left you with a space
That no one and nothing can fill

Who stole your heart who took it away
Knowing that without it you can't live
Who took away the part so essential to the whole
Left you a hollow body
Skin and bone
What robber what thief who stole your heart and the key

Who stole your heart
The smile from your face
The innocence the light from your eyes
Who stole your heart or did you give it away
And if so then when and why
Who took away the part so essential to the whole
Left you a hollow body
Skin and bone
What robber what thief
Who stole your heart and the key

Now all sentiment is gone
Now you have no trust in no one

Who stole your heart
Did you know but forget the method and moment in time
Was it a trickster using mirrors and sleight of hand
A strong elixir or a potion that you drank
Who hurt your heart
Bruised it in a place
That no one and nothing can heal

You've gone to wizards, princes and magic men
You've gone to witches, the good the bad the indifferent
But still all sentiment is gone
But still you have no trust in no one

If you can tear down the walls
Throw your armor away remove all roadblocks barricades
If you can forget there are bandits and dragons to slay
And don't forget that you defend an empty space
And remember the tinman
Found he had what he thought he lacked
Remember the tinman
Go find your hear and take it back

Who stole your heart
Maybe no one can say
One day you will find it I pray

"Si por alguna razón desapareciera de este mundo... (después de todo, los accidentes suceden así... sin avisar...)... creo que me iría tranquila..."

Hasta el sábado... que fue cuando escribí esta parte, me sentía como para poder irme sin conflicto...

Hoy ya no... creo que tengo un par de cosas más pendientes que me gustaría resolver antes de eso...

Friday, April 23, 2004

La otra cosa que tenía en mente desde hace unos días...




¡¡¡¡Adoro la Universidad!!!!

Creo que tengo conflictos existenciales cuando la gente me busca por mero interés...

Sé que yo no soy la mejor amiga de el mundo y no quiero serlo... simplemente creo que no tengo conflicto con nadie y simplemente me gusta dejar las relaciones avanzar tal cual se va dando...

Y sin embargo, me doy cuenta de que alguna de la gente que me buscaba, me busca sólo cuando necesita algo... y vienen, piden y se van...

No es mal plan... normalmente no tengo problema en hacer las cosas... pero en particular hoy me pareció mala onda...

En fin...

Wednesday, April 21, 2004




CUATRO


Lucandro hubiera preferido tener un hijo mejor que una hija, y Serena, que se lo había oído decir muchas veces, abrigaba la esperanza de que hiciera poco caso a Altalé y la dejara a ella encargada de su educación. Pero pronto se dio cuenta de que él consideraba a la niña como objeto de su exclusiva pertenencia. Comprendió también que acabaría por quitársela, como todos los regalos de valor que le había hecho. Y, a medida que pasaba el tiempo y se cumplían sus temores, Serena se iba poniendo cada vez más triste.

Lucandro, en efecto, se aficionó a su hija de la misma manera exagerada y maniática con que se apegaba a todas las cosas, aunque no supiera disfrutar de ninguna. Altalé era para él como una piedra preciosa y no estaba dispuesto a que se la robara nadie.
Le encargó los juguetes más caros y costosos y le mandó construir un aposento en forma octagonal en la parte alta del castillo, junto con el torreón de Cambof Petapel, a quien nombró enseguida su tutor y maestro. Las paredes de aquella habitación estaban llenas de jaulas con pájaros de especies diferentes, para que divirtieran a Altalé con su revoloteo y sus trinos. Pero, como también había mandado poner barrotes en las ventanas, toda la habitación parecía una gran jaula.

Desde el principio, Altalé mostró dotes asombrosas para la música. Ya que antes de aprender a hablar, imitaba a la perfección el gorjeo de todos los pájaros que había en su cuarto. Cada vez que uno de ellos rompía a cantar, ella se quedaba mirándolo con la cabecita un poco ladeada y luego le respondía en el mismo registro y con tal primor que resultaba en verdad muy difícil diferenciar sus voces.

Al cumplir Altalé los cuatro años, Cambof le sugirió a su padre que le pusiera un maestro de música. Dijo que cuando un talento natural despunta tan claramente desde la infancia, conviene perfeccionarlo por medio del estudio.

-¿Y por qué no le das clase tú?- le preguntó Lucandro. Pero Cambof se quedó reflexionando y reconoció que no podía. Por mucha memoria que hiciera, no recordaba hacer dado muestras de vocación musical en ninguna de sus vidas anteriores. Ni siquiera cuando había sido princesa. A la reina, su madre, le costaba Dios y ayuda lograr que pusiera bien los dedos encima del arpa, y luego, cuando los movía, arrancaban de las cuerdas unos soidos horribles.

Lucandro escribió varias cartas para la gente que él conocía en la cuidad, pidiendo que le buscaran un maestro de música para su hija, el mejor que hubiera. La única condición que ponía era la de que accediera a vivir en el castillo de las tres murallas, pero el precio de las clases y todas las demás condiciones las podía fijar él. Decidió mandar a Tituc a la cuidad para que llevara las cartas y esperara allí el tiempo que fuera preciso para poder traer al maestro de música y comprar los instrumentos que él dijera.

Una mañana de niebla, Tituc enganchó a Info y Palermo a un carricoche cubierto, con asientos de terciopelo, que se usaba para los viajes, se subió al pescante y salió con rumbo a la cuidad.

Serena lo vio partir con una emoción extraña. El pensamiento de que fuera a venir un desconocido a vivir con ellos y a ocuparse de su hijita le parecía una aventura maravillosa. Pero también, sin saber por qué, le daba algo de miedo.

Los diez días que tardó en volver Tituc se le hicieron muy largos. Algunas tardes bajaba despacio los trescientos sesenta y cinco escalones que terminaban en la Muralla Erizada y se quedaba allí un rato con la cabeza pegada a la verja, acechando el camino desierto. Y a veces subía ya de noche, cuando la niña estaba dormida. Pero Lucandro no la había echado de menos ni se había preocupado por su tardanza.

Desde que había nacido Altalé, para Lucandro era como si Serena hubiera dejado de existir. Ya no la perseguía ni le preguntaba qué estaba pensando o qué escribía en aquel cuadernito con tapas de terciopelo verde que a veces le veía esconder. Se acostumbró a que saliese más al jardín y a la huerta, a que tuviera toda la noche la luz encendida en el cuarto de costura, a que comiera a otras horas diferentes a las suyas, y hasta llegó a decirle que por qué no se daba algún paseo por el pueblo. Pero en cambio se enfadó mucho el día que salió con Altalé y se dieron un paseo juntas en el barquito de quitasoles que recorría el Foso de Abajo. Las estaba esperando sobre el puente vociferando y rojo de ira, y la niña lloraba desconsoladamente agarrada del cuello de su madre. Antes de desembarcar le dio muchos besos mojados de lágrimas y a Serena le pareció que se estaban despidiendo. Lucandro le tenía prohibido sacarla sin su permiso. Le molestaba mucho que se divirtieran juntas o que hablaran en voz baja de cosas que él no entendía. Era él quien se quedaba junto a la cuna de la niña hasta que se dormía. Serena había decidido que Altalé no tuviera que volver a llorar por su causa. “Mejor que me vea poco- pensaba-, y así no me echará de menos.” Había ido aceptando la nueva situación y procuraba consolarse pensando en que tenía más libertad que antes y que alguna vez la aprovecharía para escaparse a correr el mundo.

La tarde en que iba a volver Tituc con el maestro de música, Serena bajó al jardín y se quedó dormida debajo de un árbol. Vio en sueños a una joven vestida de blanco que se asomaba por encima de la Muralla Roja y que le hacía señas con mucho apuro. Trató de acercarse a ella pero no podía. La muchacha se ponía a gritar y le pedía que se metiera en el cuarto de costura y no volviera a salir hasta nuevo aviso. Y se echaba a llorar. “Te lo pido por favor, madre- decía-, que nadie te vea. Es por mi bien.” Y Serena supo que aquella muchacha era Altalé, aunque tenía como quince años.

Se despertó porque las brundas se habían puesto a chillar. Y cuando subía hacia el cuarto de costura para encerrarse en él como Altalé le había mandado, se cruzó con los criados que bajaban a toda prisa la escalera. Le dijeron que acababa de llegar el maestro de música e iba a ayudarle a subir su equipaje y los instrumentos.

Serena estuvo más de un mes sin salir de su cuarto. Por su doncella había mandado recado a Lucandro de que no quería que nadie la molestase. Él se alegró en el fondo de su alma y pensó que era mejor no preguntar las razones de aquel encierro. Se limitó a respetarlo y no apareció a verla.

Serena se pasaba casi todo el día bordando o leyendo unos libros de viajes que le había regalado Cambof. Cuando pensaba que nunca vería aquellos ríos ni aquellas montañas que venían pintados en el libro, se encogía de hombros. Se le había quitado la inquietud que tenía días antes, pero también se le quitaron las ganas de vivir. Y ni siquiera por su hija preguntaba, ya la avisarían ellos si querían algo. Le daba todo igual.

La doncella de Serena se llamaba Luva y quería mucho a su ama. Cuando le subía las comidas, se quedaba un rato con ella y trataba de animarla dándole conversación. Por ella supo que Altalé había recibido con entusiasmo al maestro de música y que estaba haciendo grandes progresos. Le había enseñado la letra de algunas canciones y a tocar la flauta y el violín. Serena escuchaba aquellas noticias como si no tuvieran nada que ver con ella y no hacía ninguna pregunta. A medida que pasaban los días iba perdiendo la noción del tiempo, le parecía que todo lo que le pasaba le estaba pasando a otra persona y que aquella niña de quien le hablaban ni siquiera era su hija. También había perdido el apetito casi por completo.

Luva le contó a Lucandro que pocas veces tocaba la comida que le subían al cuerto y que se estaba quedando muy desmejorada. Lucandro se encogió de hombros. Pero Altalé, que estaba presente, preguntó qué le pasaba a Serena.

-Está un poco enferma- dijo Lucandro-, y no quiere ver a nadie.

-Pero yo la quiero ver a ella- dijo la niña-. Quiero que me oiga tocar el violín.

Altalé tenía una manera tan firme de decir lo que quería que lograba imponer su voluntad. Así que Lucandro no tuvo más remedio que subir a ver a Serena, aunque de mala gana. Y le transmitió el recado de su hija.

-¿Seguro que te ha dicho que puedo salir de este cuerto?- le preguntó Serena, con ojos asustados.

-Dice que quiere que las oigas tocar el violín.

-¿No querrá ella venir aquí?

A Lucandro le impresionó la mirada hundida de Serena y su extrema delgadez. Y sintió algo parecido al remordimiento. Pero no quería que Altalé se aficionara a visitar a su madre en aquel refugio del cuarto de costura para que le llenara la cabeza de ideas locas.

-No, no. Ha dicho que quiere que asistas tú a sus clases. Lo hace muy bien. Verás cómo te gusta.

Hubo una pausa. Un pájaro negro vino a posarse sobre los hierros del balcón. Serena se estremeció.

-¿Y el profesor?- preguntó de repente, mirando a Lucandro con inquietud.

-Te gustará también- dijo él.

Cuando se quedó sola, Serena sacó el cuadernito donde había apuntado el sueño, porque ya no se acordaba de los detalles. La chica de blanco le había pedido que permaneciera encerrada en el cuarto de costura hasta nuevo aviso.

Llamó a Luva para que le ayudara a peinarse y a vestirse, y lo hizo despacio, con mucho esmero, notando un placer desconocido al mirarse al espejo. Se veía mucho más delgada, pero los ojos le brillaban como si fueran de oro. Y parecía una niña convaleciente. Se probó varios vestidos, y por fin eligió uno de color malva. En el pelo, prendidas a las trenzas, se puso unas flores del mismo color. Y se calzó con chinelas de plata.

Y cuando iba andando hacia el aposento de su hija, el corazón le latía fuertemente. Iba despacio, cruzando largos corredores, doblando esquinas y subiendo escaleras. Como si no quisiera llegar nunca y le bastara con saborear el camino.

Altalé estaba sola en su cuarto con el maestro de música. Serena se paró en el umbral a escuchar cómo tocaba. Entraba una luz suave de primavera que hacía brillar los instrumentos. El maestro estaba de espaldas, vestido con una chaqueta de paño verde. De pronto, Altalé levantó los ojos y, al ver a Serena allí de pie, sonrió, dejó de tocar y agitó el arco del violín a manera de saludo. En ese momento, el maestro de música se volvió y se quedó mirando a Serena con los ojos muy abiertos, como si se tratara de una aparición mágica. A Serena se le vino a la cara una oleada de rubor. No había visto en toda la vida y en ninguno de sus sueños a un joven más hermoso.
Tenía pelo castaño un poco rizado y los ojos verdes. Pero lo que más conmovió a Serena fue la seriedad y dulzura con la que la miraba. Le pareció que hasta aquel momento no la había mirado nadie en su vida. No era capaz de articular una sola palabra ni de apartar los ojos de él. Su hija era como si hubiera desaparecido. Y el Castillo. Y las brundas. Y las murallas. Y todo. Se estaban mirando a los ojos en un campo lleno de flores y de caminos para correr por ellos.

-¿Nos hemos conocido antes?- oyó que le preguntaba él.

-Es mi madre- dijo Altalé.

El maestro de música se levantó y se acercó para besarle la mano.

-Me llamo Gisel- dijo-. Y desde hoy mi vida no tiene más razón que la de serviros.

Serena entró y se sentó junto a Altalé, cerró los ojos y todo le daba vueltas. A petición suya, continuaron la clase interrumpida. Luego Gisel, acompañado de un violín por Altalé, se puso a cantar una canción muy triste donde se contaba la historia de un prisionero que oía cantar a los pájaros a través de las rejas de la cárcel.

-¿Qué es una cárcel?- interrumpió Altalé.

-Un sitio del que no se puede salir- dijo Gisel, haciendo un alto en la canción.

Y a Serena le pareció terrible que hubiera dejado de cantar, no podía soportarlo.

-Entonces esto es una cárcel- dijo la niña-. ¿O no?

Gisel miró a Serena y ninguno de los dos dio nada. Lucandro había prohibido a todos los habitantes del castillo que le hablaran a Altalé de muerte ni de ladrones.

-¿Quieres dejarle seguir?- dijo Serena impaciente.

Siguieron. Desde la cárcel, el prisionero de la canción miraba los campos verdes y soñaba con escapar llevando a su amada de la mano por una vereda en flor. Y ella decía: “Dime, si tú lo sabes, ¿por dónde, amor, se va hacia la libertad?”.

Serena escuchaba con las manos cruzadas sobre el regazo, el pulso agitado y los ojos bajos. Pero cada vez que los alzaba, se encontraba con los de Gisel, verdes como uvas mojadas de rocío. Y era igual que sentir el sol metiéndose a raudales por dentro de su cuerpo.

“Que no me deje de mirar nunca”- rezaba-. “Que no me deje de mirar nunca. Nunca. Nunca. Nunca.”

Al cabo de una semana, la noticia se extendió por todo el pueblo de Belfondo como un reguero de pólvora: la mujer de Lucandro y el maestro de música se habían escapado juntos del castillo de las tres murallas, nadie sabía por dónde ni hacia dónde.
Y lo mismo que había pasado cuando se tuvo en Belfondo la primera noticia de que Serena existía, también ahora cada uno inventaba una historia sobre aquella extraña desaparición. Dijeron que se habían escapado a caballo. Dijeron que las brundas habían enmudecido porque el maestro, al salir con la señora de la mano, les había cantado una copla mágica. Dijeron que Tituc los había ayudado a escapar. Dijeron que se habían descolgado hasta el puente levadizo por una escalera de cuerda. Dijeron que habían dormido en el jardín y que partieron al alba. Dijeron todo eso y mucho más y todo lo contrario.

Pero lo único que nadie se atrevió a asegurar es que fuera a volver Serena. Había cundido una sensación de catástrofe, de desamparo. Se marchaba la señora del castillo sin que ningún belfondino hubiera llegado a conocerla, sin haber tenido ocasión de pedirle, al verla pasar: “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”, sin saber siquiera si sus ojos eran misericordiosos o no.

Pasaban los días y los meses, y aunque todo siguiera como antes, en el fondo era diferente, porque les habían matado la esperanza de llegar a tener algún abogado entre el señor del castillo y ellos. ¿Qué iban a hacer ahora?


-Tendremos que esperar a que crezca la hija- dijo un día la posadera.

Tuesday, April 20, 2004


Me gusta tener amigos... buenos amigos... y sobreotodo me gusta saber que a pesar de que el tiempo pasa y pasa, la amistad no se pierde...

Es como n la secundaria... parece que nada ha cambiado... sólo todos esos años que nos han hecho pasar por cosas diferentes... diferentes pero a la vez muy similares...

Seguimos siendo muy buenos amigos... y eso me gusta...

Friday, April 16, 2004





The warmth of a kiss
Sophia Tsibikaki

Thursday, April 15, 2004


En definitiva, esto es una prueba de resistencia... a veces subes y a veces bajas...

Me desespera que las cosas no caminen como quisiera... estoy haciendo algo mal???...

Mmmm.... supongo que simplemente hay algo que no estoy contemplando...

Ayer desayuné con mi abuelo... hacía mucho tiempo que no interaccionabamos exclusivamente él y yo... creo que la pasamos muy bien juntos... Un poco me sorprendió algunas preguntas que hizo... finalmente creo que a pesar de la enorme cantidad de hijos y nietos que tiene... tenía muy claro las cosas que estaba haciendo... Me da gusto que esté al pendiente de mi... =)

También estoy contenta porque lo veo contento... finalmente es una persona que hace lo que le gusta... lo disfruta y lo comparte...

La única cosa que fue un tanto difícil fue que mencionara el hecho de que estaba solo... le hace falta mi abuela...

Y a mí también... te extraño!!!...

Wednesday, April 14, 2004




TRES


El tocador y el cuarto de costura de Serena se comunicaban entre sí y daban a poniente. En el cuarto de costura había una escalera de caracol por la que se bajaba al dormitorio que compartía con Lucandro. Estaba alfombrada y no se oían los pasos cuando alguien subía por ella. A Serena, cuando estaba cosiendo, mirando libros de estampas o simplemente asomada al balcón siguiendo las nubes con los ojos, le molestaba que apareciese Lucandro de repente por la escalera de caracol y se pusiera a revolverle en los cajones, a abrir los armarios o a contar las cosas que había entre los dos cuartos, para ver si faltaba algún regalo de los que él le había hecho. A pesar de lo grande que era el castillo y de los muchos objetos de valor que cada estancia contenía, entre los que estaban a la vista y los que estaban guardados, Lucandro se acordaba de todos ellos, hasta de los más pequeños, y en cualquier momento hubiera podido hacer de memoria el inventario completo.

-¿Cómo tienes esta arquilla abierta?- le preguntaba a Serena, mirándola con gesto de inquietud-. No te entiendo. Nunca escarmientas.

-¿Pero quién me va a robar nada? ¿Y de qué tengo que escarmentar?- se extrañaba ella, abriendo de par en par sus ojos color caramelo.

-Pues, ya ves, te falta el broche de coral.

-Lo tengo puesto. Pero toma, guárdalo tú si quieres- contestaba, quitándoselo.

-Sí, mejor será. Te fías demasiado de tus doncellas y de todo el mundo.

Serena se quedaba mirando a través del balcón abierto con una sonrisa triste.

-¿Quién es todo el mundo?- murmuraba como para sí.

Ella no tenía más mundo que aquel paisaje grandioso y pelado de la Ladera de los Lobos, por donde todos los días veía meterse el sol. Sólo por allí se podía escapar de los jardines, murallas y escaleras construidos por Lucandro, de las joyas regaladas por Lucandro, de los miedos y consejos de Lucandro y de aquellos horribles animales del foso que vigilaban su hacienda. La Ladera de los Lobos era lo único suyo en verdad, y la amaba. Hubiera querido bajar a correr entre los tomillos, perseguir al sol con los brazos abiertos por lomas y valles como a una cometa roja, hablar con el pastorcito aquel que veía volver algunas tardes caminando a Belfondo. Se paraba allá abajo con el rebaño de ovejas y se quedaba mirando hacia su balcón como si le estuviera enviando un mensaje silencioso. ¿Qué le querría decir? ¿Cómo se llamaría? Le parecía el único habitante de ese mundo lejano, su único amigo. Y además, aunque no lo fuera, aunque estuviera espiándola lleno de odio y de malas intenciones, ¿cómo iba a tener miedo de él, si estaban separados por tres murallas que nadie era capaz de atravesar?

Pero como Serena no tenía ganas de ponerse a discutir con Lucandro ni les tenía apego a los regalos que le hacía, empezó entregándole la llave de todos sus cofres y cajones y acabó dándole permiso para que se llevara todo lo que le pareciera de algún valor y lo guardara él en otro lugar más oportuno y seguro.

Con lo cual, poco a poco, el tocador y el cuarto de costura de Serena se fueron quedando vacíos de adornos, y así se parecían más de verdad a la cárcel que eran.

Cada tarde de las que Lucandro subía sigilosamente por la escalera de caracol le quitaba a Serena una cosa, de la que luego nunca le volvía a hablar, ni ella tampoco le preguntaba dónde la había puesto. Y él la miraba con recelo y un poco de incredulidad.

-¿De verdad que no te importa que me lleve también esto? Lo hago para guardarlo mejor. Pero, al fin y al cabo, es tuyo- le decía.

-No, no, de verdad. Contigo estará más seguro. Y además a mí me gustan mucho los cuartos vacíos.

Hasta que se quedó sólo con el costurero, objetos de primera necesidad, algunos libros y unas cuantas chucherías baratas. Pero Lucandro, de esa manera, empezó a respetar su retiro y a dejarla en paz.

A él se le hacía corto el día para pasar revista a todas las riquezas de aquel enorme castillo. Recorría a diario y una por una sus habitaciones. Y cuando dejaba alguna por revisar, por haberse entretenido más de lo debido en las otras, se iba a la cama tan disgustado que se tenía que volver a levantar para terminar la tarea.

Una de las cosas que le irritaba, era que los criados, al limpiar, le cambiasen algo de sitio. Necesitaba ver siempre las cosas en los mismos sitios. Su manía había llegado a tal punto que hasta las estatuas del jardín bajaba a inspeccionar y las contaba, igual que la vajilla o las joyas, como si alguien se las pudiera llevar. Y cuando les pasaba los dedos por el pedestal de alabastro, para comprobar si habían sufrido algún deterioro, en lo único que pensaba era en el mucho dinero que valían, nunca en si eran bonitas o feas o en la historia que podía haber vivido la persona muerta a la que estaban representando. Y ellas le miraban desde lo alto con frialdad y desprecio, como miran siempre las estatuas.

A Lucandro, antes de bajar al jardín, le gustaba detenerse unos instantes en el puente levadizo que había sobre el Foso de las Brundas y contemplar desde allí la gran escalera blanca y las tres murallas con los espacios correspondientes que cada una defendía. Y respiraba satisfecho. “Todo esto es mío- murmuraba-. Todo lo que está a mis pies ahora, es mío.” Y se inclinaba después hacia el foso profundo que corría bajo la lámina de hierro del puente. Hacía un chasquido con la lengua o arrojaba una piedra al agua oscura, y sonreía al ver los bultos rojizos de las brundas que sacaban la cabeza para mirarle con ojos relucientes. En seguida volvían a sumergirse con mansedumbre, sin emitir grito de alarma alguno, y se volvía a escuchar el batir de sus colas contra el agua del foso. En eso conocía Lucandro que a él ya habían aprendido a conocerlo.

-Tengo en ellas los guardianes más fieles del mundo- se decía complacido.

Pero lo que no sabía era que, de tanto observarlas, cada día que pasaba se iba pareciendo más a ellas.

Serena fue la primera en notar que Lucandro empezaba a volverse como aquellos animales que había amaestrado para que le defendieran. Hacía los mismos gritos nerviosos y bruscos cuando oía a sus espaldas un rumor sospechoso, levantaba la cabeza con un gesto parecido. Y por la noche, si se despertaba sobresaltado y se asomaba a la ventana a acechar las tinieblas, al volver luego a entrar al dormitorio, sus ojos desprendían un fulgor amarillento que se prolongaba por el aire como la luz oscilante de una vela.

Serena le miraba entre los párpados semicerrados. Solía hacerse la dormida y fingir que no se enteraba de sus insomnios, para lograr, a cambio, que Lucandro no le preguntase por los suyos. Pero al cabo de un rato, cuando él ya había vuelto a meterse en la cama con dosel que compartían y empezaba a roncar, ella se atrevía a abrir los ojos de par en par y a rebullir un poco, y era como soltar pájaros de una jaula. Poco a poco aprendió también a echarse fuera de la cama sin hacer ruido; se deslizaba de puntillas por la escalera arriba y se asomaba al balcón de su cuarto de costura a mirar las estrellas que hacían guiños encima de su cabeza. Se acordaba que él estaba abajo durmiendo.

-¡Cómo se parece a las brundas!- pensaba.

Y sentía una mezcla de miedo y pena, porque de niña había leído muchos cuentos donde las personas se convertían en animales y los animales en personas y se preguntaba si tal vez pesaría sobre Lucandro un maleficio de ese mismo tipo.

La noche le gustaba mucho a Serena, y era cuando se le ocurrían fantasías más raras. Las apuntaba en un cuaderno de tapas verdes, donde escribía también los sueños que había tenido. Esto era más difícil, porque los sueños hay que apuntarlos en seguida de haberlos soñado: si no, se les va el polvillo de oro, igual que cuando se tocan las alas de una mariposa. Serena tenía miedo de que Lucandro se despertara y la encontrara con la vela encendida, así que aprendió a escribir a oscuras, y al día siguiente casi nunca entendía lo que había escrito. Aunque algunas de las cosas que veía en sueños eran bastante terribles, si se le olvidaba apuntarlas le parecía que había perdido algo, porque todo aquello lo sentía más verdad que lo que veía cuando estaba despierta. La única llave que conservaba era la del cajoncito donde tenía guardado el cuaderno de tapas verdes y la llevaba al cuello colgada de una cadena, que se quitaba por las noches al desnudarse. Nunca se atrevía a decirle a Lucandro que le gustaría mucho dormir ella sola en otro cuarto.

Las horas en las que se sentía más libre y a sus anchas eran las del atardecer, sobre todo desde que Lucandro había dejado de subir a molestarla al cuarto de costura. Le encantaba asomarse a mirar la puesta de sol sobre la Ladera de los Lobos, quedarse quieta en el hueco del balcón esperando a que el cielo palideciera y saliera la primera estrella. Muchas veces se le llenaban los ojos de lágrimas.

Una tarde, cuando estaba allí, entró Lucandro sin avisar, la abrazó por detrás y ella dio un grito. Le preguntó él que qué hacía asomada al balcón a oscuras y que por qué se había asustado tanto.

-No sé- dijo ella-. No hacía nada. Mirar.

Y procuraba hablar sin que se le notara que estaba llorando. Porque sabía que eso de que llorara era lo que más le enfadaba a él. Pero la voz se le quebraba y las lágrimas le corrían por la cara sin que fuese capaz de contenerlas. Lucandro, muy alterado, empezó a hacerle preguntas sobre la causa de su llanto, y ella se encogía de hombros y guardaba silencio mirando para abajo. No sabía que contestar.

-Pero algo te pasará- insistía él-. En algo estarías pensando cuando he entrado. ¿En qué pensabas?

-En nada. En tonterías.

-Dímelo- mandó él-. Aunque sean tonterías.

-Me da pena que se vaya el sol- dijo, por fin, Serena-. Es mi amigo: Me gustaría tener alas en los pies y seguirlo a conocer todas las casas donde se mete y todos los ríos en los que se baña y todas las personas a las que alegra el corazón.

A Lucandro todo aquello le pareció muy raro y le puso de mal humor, como todas las cosas que no entendía. Así que aquella misma noche, después de la cena, que transcurrió sin que ninguno de los dos despegara los labios, en vez de acostarse, subió a visitar a Cambof Petapel y mantuvo con él una larga consulta.

Combof dijo que tal vez a Serena le conviniera cambiar de aires y hacer un viaje. Pero a Lucandro no le gustó nada aquel consejo.

-¿Por qué dices eso?- preguntó-. ¿Qué razones puede tener Serena para no encontrarse bien aquí?

Cambof explicó que las mujeres tienen unos sentimientos y unos sueños especiales, que él lo sabía por la época en que había sido princesa. Y se puso a contar cómo era el palacio de su padre y el jardín que se veía desde la ventana ojival de su cuarto.

Pero Lucandro lo interrumpió, porque le aburrían las historias de otros.

-¿Y qué pasaba? ¿Querías viajar?

-Si- contestó Cambof-. Y también que hablaran conmigo. Nadie hablaba conmigo ni me consultaban nada. Todo lo decidían los demás por mí.

-¿Y tú crees que a Serena le gustaría viajar?

-Yo creo que sí. Pero se lo deberías de preguntar a ella y así lo sabrás seguro.

Lucandro quedó con el gesto fruncido.

-No- dijo-. Yo creo que no le gustaría. Así que no se lo voy a preguntar.

Le parecía que era un capricho tonto, caso de que lo tuviera. Y, además, salir de viaje significaría dejar el castillo expuesto a un posible asalto de los ladrones. Cuando Lucandro decía “ladrones”, pensaba siempre en aquellos rostros curtidos y serios de los campesinos de Belfondo, que apenas se alzaban al verlo pasar a caballo. Tampoco él se atrevía a nunca mirarlos a la cara. Sentía una amenaza en su actitud reservada, como de animales al acecho. Tituc le había venido con cuento de que querían tierras mejores y de que andaban algo agitados. Cuanto mejor se les trataba, más pedían. Le envidiaban porque era rico. Y por lo visto estaban pasando mucha más hambre porque la cosecha había sido mala.

-Pues ocúpate de ellos un poco más- le aconsejó Cambof-. Baja al pueblo a hablar con ellos. Nunca lo haces y eso debe ser lo que los tiene descontentos.

-Total- se enfadó Lucandro-, que he venido a que me resuelvas un problema y me sales con otro.

Cambof le miró muy serio, moviendo la cabeza.

-Tu único problema, Lucandro, es que tienes el alma encogida- le dijo-. Quiere crecer y no la dejas. Quiere gritar y le tapas la boca. Quiere volar y le atas las alas. Ni yo ni nadie te podemos ayudar a ensanchar el alma. Sólo tú, desde dentro, lo puedes hacer. Pero no quieres. A tu alma la tratas peor que a tus vasallos.

Lucandro no llevó de viaje a Serena, aunque procuró dedicarle más tiempo y más atención. Pero a ella no pareció gustarle que estuviera pendiente de sus movimientos y de sus humores. Y es que notaba que no lo hacía por cariño, sino por una especie de penitencia que se había impuesto. La atosigaba a preguntas sin poderle sacar nada en limpio más que impacientarse. ¿Qué quería Serena en realidad?

-Nada- le dijo ella un día-. Que no me hagas tantas preguntas. Cuando no me preguntas nada es cuando me encuentro mejor.

Lucandro se quedó bastante aliviado.

-De acuerdo- le dijo-, pero cuando quieras algo, prométeme que me lo pedirás.

-Te lo prometo- contestó ella.

Poco tiempo después, Serena quedó encinta y le pidió a Lucandro que le permitiera poner una cama en su cuarto de costura y dormir allí. Lucandro accedió y le dio a elegir entre todas las camas que había en el castillo. A ella le gustó una de madera de cerezo que tenía incrustado en la cabecera un pavo real en colores tornasolados. Se la subieron al cuarto de costura y la pusieron arrimada al balcón. Serena se pasaba las tardes echada allí, mirando al campo, sin hablar con nadie.

En aquella cama, una tarde de diciembre, Serena dio a luz a una niña. Poco después empezó a nevar y ella cerró los ojos. Sabía que tenía que pedir algo para su hija, porque no se había presentado ningún hada de las que se presentan, en los cuentos, a formular deseos junto a la cuna del recién nacido.


-Que entienda sus sueños mejor que yo entiendo los míos- les pidió con los ojos cerrados a los copos de nieve-. Y que los pueda seguir siempre. La niña tenía piel muy blanca y el pelo y los ojos muy negros. Le pusieron de nombre Altalé.


Hoy retomé curiosamente algo de la música que solía escuchar cuando estaba en la secundaria-preparatoria...

La primer canción que escuché de este grupo...

Runaway Train
Soul Asylum

Call you up in the middle of the night
Like a firefly without a light
You were there like a blowtorch burning
I was a key that could use a little turning

So tired that I couldn't even sleep
So many secrets I couldn't keep
I promised myself I wouldn't weep
One more promise I couldn't keep

It seems no one can help me now,
I'm in too deep; there's no way out
This time I have really led myself astray

Runaway train, never going back
Wrong way on a one-way track
Seems like I should be getting somewhere
Somehow I'm neither here nor there

Can you help me remember how to smile?
Make it somehow all seem worthwhile
How on earth did I get so jaded?
Life's mystery seems so faded

I can go where no one else can go
I know what no one else knows
Here I am just a-drownin' in the rain
With a ticket for a runaway train

And everything seems cut and dried,
Day and night, earth and sky,
Somehow I just don't believe it

Runaway train, never going back
Wrong way on a one-way track
Seems like I should be getting somewhere
Somehow I'm neither here nor there

Bought a ticket for a runaway train
Like a madman laughing at the rain
A little out of touch, a little insane
It's just easier than dealing with the pain

Runaway train, never going back
Wrong way on a one-way track
Seems like I should be getting somewhere
Somehow I'm neither here nor there

Runaway train, never coming back
Runaway train, tearing up the track
Runaway train, burning in my veins
I run away but it always seems the same


Más adelante me topé con este otro disco... "Let Your Dim Light Shine"... de aquí más de una canción me gusta...

Una de ellas...


Promises Broken
Soul Asylum

Streets are filled with broken glass
You get buried by the past
Give me just a little taste
Lay this mess to waste
Take me home

My mind is racing take me home
My body's achin'so alone
I'll make you want to stay with me
Befriended by the enemy
One more time

And every little thing about this tells me
Nothing out there is ever gonna help me
All these words that I hear spoken just promises broken now

Looking outside from my window sill
Throw another coin in the wishing well
You'll never find what you're looking for
Fifteen miles
Your dim light shines from so far away
Your sad smile
Is all I see when I say

That every little thing about this tells me
Nothing out there is ever gonna help me
All these words that I hear spoken just promises broken now

From the Hotel Satellite
Don't look like you're living right
Here's a deal you can't refuse
You ain't got as much to lose

Can you tell your troubles to
Someone who won't laugh at you
It's all right
And as I watch you walk away
Hope a part of you would stay
It's all right

And every little thing about this tells me
Nothing out there is ever gonna help me
All these words that I hear spoken just promises broken now

Es curioso retomar todas aquellas cosas que algún día fueron...


Gracias amiga... sabes que a pesar de todo, estoy contigo... no es que me haga a un lado... es simplemente darle tiempo al tiempo...

Monday, April 12, 2004


Después de todo... lo encontré!!!!!....

Soy Feliz!!!! =D





DOS


Lucandro vivía con una mujer muy joven y muy hermosa que se llamaba Serena. Nadie en Belfondo sabía desde cuando vivía allí esa mujer, ni de dónde la había traído Lucandro, ni si estaban casados o no.

La primera vez que se había oído hablar de ella fue un día de verano, cuando unos mercaderes, recién llegados de la ciudad, que distaba treinta leguas, se detuvieron en una posada del pueblo a reponer sus fuerzas y preguntaron por el castillo de las tres murallas.

-¿Vais allí?- preguntó la posadera, bastante extrañada.

-Sí, allí vamos- respondió el más joven de los cuatro. Porque los mercaderes eran cuatro.

Venían polvorientos y sudorosos. La posadera los introdujo en un patio y sacó unos cubos de agua del pozo para que se refrescaran la cabeza y las manos. Luego se sentaron un rato a la sombra del emparrado y el niño de la posadera les trajo pan moreno, queso de oveja, higos y una jarra de vino frío.

Ellos pidieron agua y alfalfa para las caballerías, que habían dejado atadas fuera y que, según dijeron, venían agotadas de tanto calor y de tanta carga.

Traían, efectivamente, una recua de ocho mulas cargadas con grandes cofres. A las preguntas de la posadera, que se moría de curiosidad, contestaron diciendo que aquellos cofres contenían vestidos y aderezos para la señora del castillo.

-¿Qué señora?- preguntó la posadera-. El señor del castillo no está casado. Se enfadará si llamáis allí por equivocación. No le gusta ser molestado por nadie.

Pero los mercaderes aseguraron que no había equivocación, que el propio Lucandro era quien les había encargado toda aquella rica mercancía para ofrecérsela como regalo a su mujer.

La posadera se quedó un rato pensativa, mirándolos comer.

-No puede ser- murmuró.

Luego se metió en el local, despertó a su marido, que estaba dormitando entre un run run de moscas, y le contó con muchos aspavientos lo que le habían dicho los mercaderes. El herrero y el molinero, que estaban un poco más allá jugando a las cartas, interrumpieron la partida y se acercaron para enterarse también. Y la posadera les pidió que salieran con ella al patio para servirle de testigos. El herrero, el molinero y el posadero afirmaron rotundamente que el señor del castillo de las tres murallas no vivía con ninguna mujer, y trataron de convencer a los mercaderes, pero sin conseguirlo.

Se bebieron aquella jarra de vino y otra, pagaron con generosa propina y salieron, por fin, a desatar las mulas. Parecían de muy buen humor. El niño de la posadera se ofreció a acompañarlos hasta el pie de la Muralla Erizada y se alejaron los cinco con las caballerías bajo el sol abrasador de agosto.

No habría pasado ni un cuarto de hora cuando el aldabonazo recio y sonoro de la verja del castillo atronaba con sus ecos todo el valle.

La posadera fue por las casas del pueblo propagando la extraña novedad. Algunos vecinos, a pesar de ser la hora de la siesta, ya se habían asomado a las ventanas de sus casas o habían salido a la calle. Se fueron congregando poco a poco bajo los soportales de la plaza y hablaban entre sí con aire de misterio. Pasaban tan pocas cosas en Belfondo que cualquier noticia relacionada con el castillo de las tres murallas era como tirar una piedra a las aguas dormidas de un estanque.

Así que cuando llegó el niño de la posadera, todos le rodearon y le acosaron con preguntas. Llevaban un rato esperándolo ansiosos, y les parecía que tardaba mucho. Incluso algunos chicos de su edad habían salido a su encuentro y ahora se adelantaba corriendo para resumir a los demás con mucho alboroto lo que él les había contado.

Entre unos y otros no le dejaban hablar, ni tampoco él sabía por dónde empezar de tan emocionado como venía. Tartamudeaba, mirando dos monedas que traía apretadas en el puño y que de vez en cuando le brillaban por entre los dedos. Se las había dado Tituc, el hortelano, como premio por haberle ayudado a meter las mulas de los mercaderes a las caballerizas. En la caballeriza había visto una carroza con muchos adornos de oro en las portezuelas.

-Pero empieza por el principio- le dijo su madre muy impaciente-. ¿Viste a la señora?

No, él no había visto a ninguna señora. Había bajado a abrir Tituc y había hecho pasar a los mercaderes, diciéndoles que su amo ya los estaba esperando.

-¿Dijo su amo o sus amos?- quiso saber la posadera.

El niño se rascó la cabeza pensativo.

-Eres tonto. No se te puede mandar a ningún lado.

-Da igual- interrumpió la vecina-. Si los hicieron pasar es porque los estaban esperando y dices que lo que traían en las mulas era ropa de mujer…

-Yo no ví nada- dijo la posadera-. Eso fue lo que me dijeron ellos. Pero los cofres venían cerrados. No sé si mentirían.

-No, no era mentira- saltó el niño-. Te dijeron la verdad. Yo lo he visto. Eran vestidos y zapatos de mujer. Muchos. Y muchas joyas y abanicos. Y telas de oro transparentes.

Se pusieron a sacarlo todo de los cofres y bajaron criados con cestas a buscar las cosas. Bajaban por una escalera blanca larguísima como la que sube al cielo. Fue entonces cuando Tituc me dio estas dos monedas y m dijo que ya me podía ir. Yo no quería. Me hubiera gustado estar más rato y ver más cosas. Seguro que en la huerta tienen más de mil árboles.

Ya casi había anochecido cuando los cuatro mercaderes volvieron a pasar por delante de la posada con su recua de mulas. Cada cual iba montado en una y llevaba otra por la brida. Se sorprendieron de ver tanta animación y preguntaron si se estaba celebrando alguna fiesta.

-No- contestó la posadera-. Estábamos esperando para enterarnos de qué tal os ha ido en el castillo. ¿No queréis pasar a tomar algo?

Dijeron que no, que preferían llegar a dormir un rato a otro pueblo que estaba dos leguas, donde vivía la hermana de uno de ellos. Y que la invitación a pasar la agradecían, pero que en el castillo habían descansado ya un par de horas, después de cerrar el trato, y les habían dado merienda. Parecían excitados y alegres, como cuando se ha concluido con felicidad un negocio. Pero no se les notaban ganas de entretenerse ni de entrar en más detalles.

-¿Así que está casado el señor del castillo?- se decidió a preguntar la posadera, en vista de que el más viejo, que era el que iba en cabeza, hacía ademán de despedirse y volvía a picar las espuelas a la mula.

Se detuvo un momento y, por toda respuesta, levantó la tapa de uno de los cofres. Estaba vacío.

-Así parece- comentó luego, cerrando nuevamente el cofre-. Arre mula. Se nos hace de noche.

Sus compañeros le siguieron, agitando la mano y sonriendo, a modo de despedida. Sólo el más joven, que había pedido agua y estaba bebiendo, se quedó un poco rezagado.

Se estaba limpiando la boca con el dorso de la manga y mirando con ojos soñadores hacia el sitio por donde acaba de salir una luna de color naranja, cuando la posadera se arrimó a su mula y le hizo un gesto como para indicarle que se agachara.

Estaba tan distraído que le tuvo que jalar de los pantalones.

-¿Qué pasa?- preguntó un poco asustado.

-Nada, calla, que te quiero preguntar una cosa.

El otro agachó el cuerpo, aunque sin desmontar, y la mujer se subió en una piedra para hablarle cerca del oído.

Los otros vecinos, que no perdían detalle, se mantenían apartados.

-Dime, ¿pero la habéis visto?- preguntó la posadera en voz baja.

El mercader joven asintió solemnemente con la cabeza. Tenía un gesto ensimismado.

-Por favor, dime algo más- insistió ella-. ¿Le gustaron los vestidos? ¿Cómo es?

El mercader joven guardó silencio unos instantes.

-Nunca había visto una mujer más bella en toda mi vida- dijo luego-. Pero no quería que el señor del castillo le comprara tantas cosas. Parece algo triste.

No pudo contar más, porque sus compañeros, que se habían parado un poco más allá a esperarlo, se pusieron a darle voces para que se diera prisa.

Desde aquella tarde, la señora del castillo de las tres murallas se convirtió en el tema central de todas las conversaciones.

Hay que decir que los vecinos de Belfondo eran, en su mayoría, vasallos de Lucandro. O sea que él les había cedido tierras suyas para que las sembraran, labraran y se beneficiaran con sus frutos. No lo había hecho apiadado de su pobreza, si no porque pensaba que así le estarían agradecidos y no pensarían en pedirle nada ni en robarle. Pero tenían que pagar tributo y además las tierras que había elegido para darles eran pedregosas. Ya llevaban mucho tiempo dando mala cosecha y por todos aquellos contornos se pasaba mucha necesidad. Los belfondinos querían pedirle a Lucandro que les cambiara sus tierras por otras mejores que tenía sin cultivar al otro lado del valle y que no aprovechaba nadie. Pero no se atrevían. Le tenían miedo. No conocían el nombre de ninguno de sus vasallos ni le importaban sus asuntos, nunca eligió entre ellos a un solo criado para su casa, pasaba de largo mirando hacia el horizonte, como si no los viera.

Precisamente aquél había sido un año de enorme sequía y bastante gente había muerto de hambre. Así que existencia de aquella misteriosa mujer abría una ventana a la esperanza. Tan vez fuera buena y se prestase a acoger con clemencia sus peticiones. Pero pasaban los días y a nadie se le ocurría un medio eficaz para llegar a ella. Estaba claro que Lucandro no tenía interés en que nadie la conociera.

Por Tituc, que bajó una tarde a herrar los caballos, varias semanas después de la visita de los mercaderes, había logrado saber el herrero, a base de mucho sondearle al criado malayo, que su amo llamaba Serena a aquella mujer. Luego existía. Aunque no pudo arrancarle ninguna noticia más.

De todas maneras, como lo que más nos hace creer en las cosas es que tengan nombre, poco a poco la presencia de Serena empezó a extenderse por todo el valle, de una forma impalpable pero tan real como la luz que impregna el atardecer. Era una creencia que todos compartían y que les proporcionaba un extraño consuelo. Decían “Serena” y se ponían a hablar de ella como si la hubieran visto, igual que hablaban de Dios.

Se contaban en Belfondo muchas historias acerca de Serena, pero todas inventadas. Unos decían que era la hija de un rey, otros que no era la mujer de Lucandro sino su hermana, otros que se la había comprado a unos piratas berberiscos que la llevaban a vender como esclava. Hubo quien llegó a decir que practicaba la hechicería, que algunas noches de luna se escapaba del castillo y que se la había visto vagando por los campos en camisón, como un alma en pena, recitando conjuros incomprensibles.

Pero lo cierto es que nadie la había visto.

Hasta que una tarde, un zagal que venía son su rebaño de ovejas a Belfondo, rodeando por la parte trasera de la Montaña Tenebrosa, acertó al alzar los ojos hacia el castillo y vio en los balcones de arriba una figura vestida de blanco. Se veía muy pequeñita desde tan lejos, pero se conocía bien que era una mujer.

El zagal se quedó inmóvil sin apartar los ojos de allí ni atreverse a respirar, por miedo a que se le desvaneciera aquella aparición soñada. Peor se puso el sol y no se desvanecía, ni se movía, ni hacía nada más que estar allí. Hasta que se empezó a hacer de noche y el muchacho tuvo que echar a correr porque notó que el rebaño se le había ido. Y la figura blanca seguía allí asomada.

Guardó aquella visión para él solo. Le latía mucho el corazón cada vez que se acordaba, pero no se lo contó a nadie. Pensó: “Si ha sido un sueño, se reirán de mí. Y si ha sido verdad, también ellos querrán venir a ver la figura blanca, harán mucho ruido y ya no será mía, la habrán visto todos”. Era tan pobre que no quería que nadie le quitara la primera cosa que tenía en su vida, y que era suya sólo por habérsela encontrado él.

Así que guardó el secreto. Y se sonreía un poco cada vez que oía hablar a la gente de Belfondo de la señora del castillo de las tres murallas, a quien nadie había visto.
Se acostumbró a seguir siempre el mismo camino a la misma hora, aunque antes algunas veces viniera por otros. Y volvió a ver a Serena alguna tarde más. Era verdad. Era ella. Siempre quieta, como si estuviera muerta, siempre vestida de blanco. Mirando hacia el valle. Y cuando se hundía el sol y él tenía que irse en pos de su rebaño, seguía allí todavía. Era verdad.

Y lo que más le gustaba al zagal era pensar que, si estaba viva, tenía que estarle viendo igual que él la veía a ella. O todavía mejor, porque siempre se distingue todo más claro desde lo alto, y especialmente cosas que se mueven, como es un rebaño de ovejas con su pastor. Cuando Serena estaba asomada al llegar ellos, era como si los estuviera esperando.


Porque además al anochecer no pasaba nadie por aquella ladera. Tenía fama de ser peligrosa. La llamaban la Ladera de los Lobos.

Sunday, April 11, 2004

De las cosas que pasan por mi cabeza...

Lindos ojos... alto... fueron dos de las tres cosas que aparecían en mi lista... =P

Supongo que no es que fuera algo estrictamente necesario, pero es que los ojos... sobretodo, me resultan particularmente interesantes...

Friday, April 09, 2004



El castillo de las tres murallas
Carmen Martin Gaite

UNO


Había una vez, hace mucho tiempo, un hombre inmensamente rico, pero tan desconfiado que nunca había sido capaz de disfrutar su riqueza sin sobresaltos. Se había hecho construir en lo alto de una enorme montaña un castillo de mármol negro rodeado por tres murallas, a las que bautizó con los nombre de la de los Fosos, la Roja y la Erizada; y estaban dispuestas por ese orden, contando desde abajo. O sea que la muralla Erizada, que era también la más alta, abarcaba a las otras dos y es la que se veía más cerca al pasar al pie de la montaña.

Entre la muralla de los Fosos y las paredes negras del castillo corrían dos fosos que le daban nombre, paralelos y un poco separados uno de otro.

De los dos, el más profundo y terrible era el que estaba pegado al castillo, sirviéndole de cinturón de seguridad. Por sus aguas, de un verde oscuro, nadaba una especie de ratas gigantes de color rojo y cola de cetáceo que se llamaban “brundas”. Estaban muy nerviosas porque nunca dormían; y se pasaban todo el día y toda la noche batiendo con la cola el agua quieta del foso, que hacía un ruido monótono al chocar con el basamento del edificio. Sus ojos brillaban con una fosforescencia amarilla, tenían un oído extremadamente fino y, en cuanto percibían pasos o cualquier rumor sospechoso al otro lado de la muralla, lanzaban un grito de alerta, mitad chillido de foca, mitad graznido de cuervo, tan agudo y espeluznante que hubiera sido capaz de espantar por sí solo a una cuadrilla de ladrones.

El otro foso de más abajo, aunque se llamaba así “el Foso de Abajo”, era más bien un riachuelo bordeado de arbustos y de ribazos, y en él se criaban peces de carne exquisita que proporcionaban alimento en toda estación. Sus aguas eran muy transparentes y plácidas y se podían surcar en un barco alargado como de juguete, pintado de colores vivos y resguardado con quitasoles bordados en oro y plata. Pero la cercanía del Foso de la Brundas y la sombra de la muralla que se cerraba sobre ambos hacían un poco siniestro el paseo.

La Muralla Roja se llamaba así porque había sido construida con una argamasa de arenillas rojizas que brillaban como estrellas cuando les daba el sol, y las lluvias torrenciales ni las heladas rigurosas eran capaces de erosionarla, tan resistente era.

Entre la Muralla de los Fosos y la Roja se extendía un jardín en declive lleno de flores y árboles de las especies más exóticas. Por el césped del jardín paseaban doce pavos reales. Había también, repartidos acá y allá con mucho arte, una serie de cenadores, templetes, bancos y estatuas de alabastro representando dioses y ninfas, que daban al conjunto un aire de paraíso. Todo en aquel jardín, especialmente cuando llegaba la primavera y arrancaban a cantar miles de pájaros, convidaba al placer y parecía estar inventado para servir de escenario a grandes fiestas y diversiones.

Pero Lucandro, que así se llamaba el hombre rico, nunca daba fiestas ni invitaba amigos, porque no tenía ninguno. Y lo peor era que tampoco él disfrutaba de las delicias del jardín ni era capaz de sentarse a leer a la sombra de los árboles o tumbarse en paz sobre la hierba a mirar pasar las nubes por entre los ramajes movidos por el viento. Ni dentro de la casa ni fuera de ella podía parar quieto. Se le veía siempre entrando y saliendo con ojos recelosos, yendo de una estancia a otra o de un lugar a otro del jardín, a pasos apresurados, como si se dirigiera a hacer un trabajo muy urgente. Pero nunca hacía nada más que dar órdenes a los criados o interrogarlos sobre la desaparición o la rotura de algún objeto. Siempre pensaba que le estaban engañando y que de ninguno se podía fiar.

El jardín daba mucho trabajo, sobre todo en la época de las lluvias, porque como el terreno está en declive, podían producirse desprendimientos de tierra.

Lo cuidaba un esclavo de raza malaya que se llamaba Tituc. Medía más de dos metros de estatura, llevaba un pendiente grande de latón, alfanje al cinto y pantalones bombeados de paño oscuro. Entendía mucho de jardinería y de horticultura, y de tarde en tarde bajaba a la cercana aldea de Belfondo para abastecerse de semillas y abonos o para preguntarles algo a los agricultores de allí, que eran gente muy pobre. Producía temor, a pesar de su mirada bondadosa, hablaba poco y tenía fama de ser invencible en las peleas.

Era una fama, sin embargo, que nunca había tenido ocasión de poner a prueba para defender la finca de Lucandro. Ningún ladrón si salteador de caminos, de los que tanto abundaban en aquella región miserable, se habían atrevido a jamás merodear por allí, por mucha hambre que tuviera. El castillo de las tres murallas, recortándose contra el cielo, parecía tan inexpugnable y fantasmal que producía respeto ya sólo con mirarlo desde la falda de la montaña. Los campesinos de Belfondo la llamaban “la Montaña Tenebrosa”, y al pasar por el camino que la bordeaba, al pie de la Muralla Erizada, apretaban el paso y se santiguaban, sobre todo si empezaba a caer la noche. Y mientras se alejaban casi corriendo, les respondía desde lo alto el lamento de las brundas en perpetua centinela.

Entre la Muralla Roja y la Erizada, había una franja de terreno muy ancha que se escalonaba en bancales. Allí había plantado Tituc toda clase de hortalizas y árboles frutales que se regaban por medio de primorosas acequias, crecían lozanos y daban cosecha en cualquier época del año. También se cultivaban gran profusión de hierbas medicinales, a las que Lucandro era muy aficionado, porque según le iba cambiando el humor, se inventaba una enfermedad distinta. Él mismo bajaba, a veces a plena noche, a arrancar la hierba que le parecía adecuada para calmar su dolor en aquel momento, él mismo la cocía y se preparaba una tisana. Las hierbas medicinales estaban plantadas por colores en una parcela que se llamaba “el rincón del arco iris” y que iba del rojo al violeta. Las hierbas de tonos verdes curaban males del hígado, las amarillas el dolor de riñón, las azules el de cabeza, las rojas el de barriga, las añiles para el reúma y, por último, las violetas estaban indicadas para todos los malestares que no se podían definir. El trozo donde crecían estas hierbas violetas y malvas era mucho más grande que el de los demás. Porque eran las que Lucandro necesitaba tomar con mayor frecuencia. Así que la parcela arco iris, con todos los colores repartidos tan igualitos y de repente la mancha aquella enorme al final, parecía el dibujo hecho por un niño aplicado y cuidadoso, al que se le hubiera volcado un tintero de tinta malva cuando lo estaba terminando.

Dentro de este recinto entre la Muralla Roja y la Erizada, que era el más grande de los tres, había también un bosquecillo a poniente donde se criaban faisanes, perdices, conejos y codornices. Un poco más abajo, un establo con vacas y, adosada a él, una granja con patos, gallinas y cerdos. De esta manera, la alimentación estaba asegurada para todo el año y solamente en alguna ocasión extraordinaria había que bajar a Belfondo a buscar algo.

Las pocas veces que Lucandro salía, lo hacía a caballo. Tenía un caballo blanco que se llamaba Info y otro negro que se llamaba Palermo. La caballeriza estaba ya pegada a la última muralla y desde fuera se podían escuchar distintamente los relinchos de Info y Palermo, que, aunque se llevaban muy bien, se aburrían mucho allí encerrados y a veces se ponían algo inquietos.

La Muralla Erizada, que era la tercera y última, se llamaba así porque estaba coronada de cristales, pinchos, púas, espinos y zarzas, para evitar que nadie la saltase desde el camino. Era de piedra gris jaspeada con vetas de plata, y estaba interrumpida en el centro por un gran arco de bóveda con una inscripción en la piedra que decía: “Pasad de largo”.

Si algún caminante, desoyendo este consejo, se metía por debajo del arco, se encontraba ante una verja enorme que guardaba la entrada del castillo. Era toda de hierro sobredorado y tenía en el centro un aldabón grande en forma de dragón. Este aldabón pesaba mucho y estaba colocado a bastante altura, de tal manera que sólo una persona alta y vigorosa podía hacer uso de él. Pero cuando se usaba, sus ecos se extendían por todo el valle, sonoros como tañidos de campana. Era tan raro que alguien llamara al castillo de las tres murallas que aquellos aldabonazos, cuando resonaban en el pueblo, se tenían por un acontecimiento, y todos los vecinos de Belfondo se asomaban a las ventanas, preguntándose qué pasaría. También, en estos casos, aumentaba considerablemente la agitación de las brundas, las cuales, además de emitir su chillido habitual, se ponían a dar unos saltos tan fieros que casi llegaban a las ventanas del primer piso.

Pero esto de llamar el aldabón ocurría muy pocas veces. Lo que sí era más frecuente, en cambio, es que algún peregrino o mendigo que acertara pasar por allí se acercase a la verja, atraído por la curiosidad, y se pusiera a mirar por los huecos. Los hierros de la verja estaban unos tan cerca de otros que ni siquiera un gato recién nacido se hubiera podido colar entre ellos, pero el ojo de un hombre sí cabía. Y lo que se veía era una escalera de mármol blanco interminable que subía encajonada entre las barandillas.

Eran éstas dos parapetos de mármol que, atravesando en línea recta la Muralla Roja y la de los Fosos, llegaban hasta la puerta principal del castillo. La escalera se convertía en un puente de tres arcos al pasar por encima del Foso de Abajo y en un puente levadizo al llegar al Foso de las Brundas. Al cabo de este puente estaba, por fin, la puerta principal de la entrada al castillo, que era de madera de cedro y estaba protegida por otra verja. Pero todo esto desde la verja de abajo no se distinguía bien, porque la escalera era tan larga que se perdía de vista.

Tenía trescientos sesenta y cinco escalones, tantos como días tiene el año, y estaba dividida en cuatro tramos que llevaban escritos al comienzo de cada uno el nombre de las distintas estaciones. Cada treinta escalones había rellanos amplios para descansar, con miradores y asientos. La barandilla de la izquierda estaba esculpida con imágenes relativas a los astros y los signos del zodiaco, alternando con otras que representaban batallas y acontecimientos de la remota antigüedad. La barandilla de la derecha era lisa y, de vez en cuando, se veían en ellas unas inscripciones donde se iban explicando los dibujos de enfrente. Pero estas inscripciones estaban hechas en una escritura de caracteres tan menudos y enredosos que no se entendía nada.

El artista que había grabado aquellas letras sobre la barandilla de la derecha era un sabio oriental que se llamaba Cambof Petapel y tenía más de cien años. En su juventud se había dedicado al estudio de los jeroglíficos y de todas las formas de escribir que existen en el mundo. Pero de tantas caligrafías como habían pasado por delante de sus ojos, las confundía ya todas en su memoria, y había tenido que inventar una escritura nueva, mezcla de todas las que aprendió en su vida y de algunos signos y dibujos añadidos por su imaginación de viejo, que era todavía más rara y loca que la que tenía de joven.

Cambof Patapel llevaba muchos años viviendo en el torreón más alto del castillo de las tres murallas, dedicado a esculpir figurillas de madera, a disecar animales y a mirar los astros con un catalejo. La habitación de Cambof Patapel tenía techo de cristal y estaba adosada a una almena. Él mismo la había arreglado y la tenía llena de libros, de mapas terrestres y celestes, de herramientas de carpintería y de retortas y probetas donde ensayaba mezclas con líquidos, hierbas y polvos de colores. Porque también era químico y curandero. De lo que más entendía era de leer en el rostro de las personas para adivinarles las enfermedades del alma.

-Los males que no dan fiebre ni hinchazón ni salpullido, ésos son los peores de todos- le decía a Lucandro, cuando este subía a consultarle algún problema o a pedirle remedio para uno de aquellos malestares tan difíciles de explicar que le quitaban el sueño y la respiración.

Cambof Patapel era la única persona de este mundo de la que Lucandro no desconfiaba y a quién pedía consejo en ciertos trances, aunque luego nunca le hiciera caso. Después de mucho observar su conducta, había llegado a la conclusión de que nunca intentaría robarle ni engañarle, porque no le interesaban las riquezas. Y esto le tranquilizaba y hasta le producía una punta de respeto. Aunque no lo pudiera entender.

Otra cosa que admiraba mucho a Lucandro de Cambof era que nunca se aburriera ni se le notara preocupado.

-¿Por qué voy a estar preocupado? -decía Cambof cuando hablaban de este tema-. No tengo motivos. Y si los tengo, se me han olvidado ya.

Motivos de preocupación reales tampoco los tenía Lucandro, pero se los inventaba de tanto vigilar lo que tenía, de tanto contarlo y sacarle brillo. Estaba rodeado de objetos sin vida que le esclavizaban.

-¿Para qué quieres tantos relojes, si no les dan cuerda?- le preguntó Cambof un día que accedió a visitar con él las habitaciones del castillo.

En cada una había, en efecto, por lo menos un reloj de mesa, de consola o de pared.
Eran de estilos muy diferentes, unos estaban debajo de un fanal, otros incrustados en el vientre de un león de marfil o en el escote de una pastorcita de porcelana, las pesas de otros eran de oro y piedras preciosas. Pero todos estaban parados. Y era porque Lucandro no podía aguantar la idea del paso del tiempo. Cuando pensaba que todas aquellas riquezas que con tanto desvelo conservaba iban a vivir más que él y a ser tocadas por otras manos, se enfurecía. Era un pensamiento que trataba de espantar siempre, pero que le volvía a venir cuanto más lo espantaba, como pasa con las moscas. Y cuando Cambof Petapel le veía entrar en su torreón por la noche con la respiración entrecortada y los ojos de un loco, ya sabía que estaba pensando en aquello.

-¿Tú no tienes miedo a morirte?- le preguntaba Lucandro.

-Yo no. Porque ya me he muerto otras veces y no te creas que se nota mucho.

Narraba episodios de otras vidas anteriores que, según decía, había vivido. Había sido pirata, soldado, ermitaño, princesa y hasta águila, y nunca supo cómo pasaba de un estado a otro. Y aunque seguramente se trataba de sueños que tenía o de historias que había leído o alguien le había contado a lo largo de su dilatada vida, él las contaba a su vez con tanta emoción y detalle que parecían recuerdos propios.


Cambof Petapel era muy pequeñito, vestía una túnica de colores y tenía el pelo liso y muy negro, sin ninguna cana. Comía poco, dormía menos y se había olvidado de quién era...



Moon in Dreams
In Chinese philosophy, human beings are intimately connected with the moon. This galactic landscape, outside the boundaries of the known, where possibilities expand and miracles happen, represents the divine universe within each of us.


Le regalé a mi hermana una caja de chocolates... curiosos chocolates... son como las galletas de la suerte... tienen un mensaje...

El mío fue...


"Nei sogni, come in amore, non ci sono cose impossibili..."

"En los sueños, como en el amor, no hay nada imposible..."

Jànos Arany


Muy ad hoc...

Sinceramente espero que las cosas caminen de mejor manera...

Por otro lado... mil gracias!... =)

Wednesday, April 07, 2004

Me gusta el sentimiento que pasa por mi corazón al escuchar esta canción....

Hoy hace un buen día
Fernando Delgadillo

En esta tierra he visto mi primera luz
he visto y veo luz tierra firme y vasto cielo
todo mi entorno está entedido en el amor
que nos tuvieron los que fueron hace tiempo

Y hoy hace un buen día para hablar de los que están aquí
trazando a diario el bienestar de todo aquél que vendrá
como precederá la aurora el sol de diario
como sabemos que mañana será igual
porque así se ha venido haciendo con los años
que trascurren y se van

En esta tierra en donde puedo caminar
bajo la dirección que le ponga a mis pasos
siempre habrá tiempo para venirle a cantar
por ser lo más que sé ofrecer como regalo

Me dió un lugar donde al volver con gusto sé decir
es mi país esta es mi tierra y casa y esta es su canción
una canción como todas las que se han hecho
tan sólo que con esta quiero hacer mención
de todo el bien que me hizo nacer de este pueblo
y que me parte el corazón
que hablar de México siempre me inflama el pecho

Y si miramos hacia atrás donde fuimos a empezar
y encontramos los antiguos que formaron un lugar
pero un buen día se marcharon y aprendimos a decir
grandes fueron los viajeros que cruzaron por aquí

En esta tierra conocí la dignidad
del que trabaja para ver crecer los suyos
del que se esfuerza superar su condición
aún a pesar de cruzar tiempos de infortunio

y hoy hace un buen día para hablar de los que están aquí
trazando a diario el bienestar de todo aquél que vendrá

De la simiente que se llega al semillero
que hasta esta tierra fértil un dia arribará
y no hace falta repetir como los quiero si lo he dicho tanto ya
y hablar de amor es bueno cuando se es sincero

Y si ellos miran hacia atrás de lo que les toca empezar
y nos hallan a nosotros que formamos un lugar
que un buen día nos marcharemos y tal vez podrán decir
grandes fueron los viajeros que cruzaron
grandes fueron los viajeros que cruzaron
en verdad que fueron grandes los viajeros que cruzaron por aquí.





Ayer pasé una situación incómoda... no estoy molesta, ni creo que vaya a pasar a mayores porque en realidad son asuntos personales y no hay manera de que yo pueda ayudar a resolverlos...

Y sin embargo sí me sentí lastimada... no me considero una persona insensible... estoy convencida de que puedo ser muy tajante... sobretodo para con mis sentimientos... y finalmente, si hay una situación que de cierta manera me hace sentir mal... la dejo... no es mentalmente sano!!!!... es cierto... le doy todas las vuletas posibles... en este caso en particular... hice todo lo posible (al menos lo medianamente "correcto" a mi entender) para solucionar las cosas de la mejor manera... finalmente, si las cosas no funcionaron, no fue porque yo no lo intenté...

De nuevo...es cierto... soy dura conmigo misma y me es fácil "controlar" mis sentimientos... no tengo corazón de pollo (ja... más bien sí... pero intento que sea fuerte... que sea objetivo...)... supongo que eso me ha enseñado la vida... y no sólo en cuestiones de pareja...

No más por el momento... lo dicho, dicho está... y ya no está en mis manos solucionar los problemas de los demás... me duele, porque qué más quisiera yo que fueran tan felices como lo soy... no quiero y no me corresponde...

De ahora en adelante mis opiniones serán simplemente "ideas al viento"...

Tuesday, April 06, 2004

Gracias por el detalle!...



Blue Mountains and Dragons
In Chinese philosophy, mountains in the highest places in the natural world, symbolize heaven. The heavens are inhabited by the dragons of rain which, when collected at the base of the mountains, form vapors that fly back up to the top of the mountains. This free-flowing cycle evokes the interconnected nature of all things that, when kept in harmony, promotes good health and well-being.
Jing Nuan Wu

Monday, April 05, 2004

Sería lindo tener un hada...






.... o dos...









y también un dragón....




Friday, April 02, 2004

Me gusta Tracy Chapman... todas y cada una de sus canciones....

Mi auto-regalo de cumpleños del año pasado: Boletos para el concierto de Tracy Chapman en Santa Barbara, California... Simplemente fabuloso!....

Curioso concierto... mi vida me pasó por delante...


SHE'S GOT HER TICKET
Tracy Chapman

She's got her ticket
I think she gonna use it
I think she going to fly away
No one should try and stop her
Persuade her with their power
She says that her mind is made
Up

Why not leave why not
Go away
Too much hatred
Corruption and greed
Give your life
And invariably they leave you with
Nothing

Young girl ain't got no chances
No roots to keep her strong
She's shed all pretenses
That someday she'll belong
Some folks call her a runaway
A failure in the race
But she knows where her ticket takes her
She will find her place in the sun

And she'll fly, fly, fly...