TRES
El tocador y el cuarto de costura de Serena se comunicaban entre sí y daban a poniente. En el cuarto de costura había una escalera de caracol por la que se bajaba al dormitorio que compartía con Lucandro. Estaba alfombrada y no se oían los pasos cuando alguien subía por ella. A Serena, cuando estaba cosiendo, mirando libros de estampas o simplemente asomada al balcón siguiendo las nubes con los ojos, le molestaba que apareciese Lucandro de repente por la escalera de caracol y se pusiera a revolverle en los cajones, a abrir los armarios o a contar las cosas que había entre los dos cuartos, para ver si faltaba algún regalo de los que él le había hecho. A pesar de lo grande que era el castillo y de los muchos objetos de valor que cada estancia contenía, entre los que estaban a la vista y los que estaban guardados, Lucandro se acordaba de todos ellos, hasta de los más pequeños, y en cualquier momento hubiera podido hacer de memoria el inventario completo.
-¿Cómo tienes esta arquilla abierta?- le preguntaba a Serena, mirándola con gesto de inquietud-. No te entiendo. Nunca escarmientas.
-¿Pero quién me va a robar nada? ¿Y de qué tengo que escarmentar?- se extrañaba ella, abriendo de par en par sus ojos color caramelo.
-Pues, ya ves, te falta el broche de coral.
-Lo tengo puesto. Pero toma, guárdalo tú si quieres- contestaba, quitándoselo.
-Sí, mejor será. Te fías demasiado de tus doncellas y de todo el mundo.
Serena se quedaba mirando a través del balcón abierto con una sonrisa triste.
-¿Quién es todo el mundo?- murmuraba como para sí.
Ella no tenía más mundo que aquel paisaje grandioso y pelado de la Ladera de los Lobos, por donde todos los días veía meterse el sol. Sólo por allí se podía escapar de los jardines, murallas y escaleras construidos por Lucandro, de las joyas regaladas por Lucandro, de los miedos y consejos de Lucandro y de aquellos horribles animales del foso que vigilaban su hacienda. La Ladera de los Lobos era lo único suyo en verdad, y la amaba. Hubiera querido bajar a correr entre los tomillos, perseguir al sol con los brazos abiertos por lomas y valles como a una cometa roja, hablar con el pastorcito aquel que veía volver algunas tardes caminando a Belfondo. Se paraba allá abajo con el rebaño de ovejas y se quedaba mirando hacia su balcón como si le estuviera enviando un mensaje silencioso. ¿Qué le querría decir? ¿Cómo se llamaría? Le parecía el único habitante de ese mundo lejano, su único amigo. Y además, aunque no lo fuera, aunque estuviera espiándola lleno de odio y de malas intenciones, ¿cómo iba a tener miedo de él, si estaban separados por tres murallas que nadie era capaz de atravesar?
Pero como Serena no tenía ganas de ponerse a discutir con Lucandro ni les tenía apego a los regalos que le hacía, empezó entregándole la llave de todos sus cofres y cajones y acabó dándole permiso para que se llevara todo lo que le pareciera de algún valor y lo guardara él en otro lugar más oportuno y seguro.
Con lo cual, poco a poco, el tocador y el cuarto de costura de Serena se fueron quedando vacíos de adornos, y así se parecían más de verdad a la cárcel que eran.
Cada tarde de las que Lucandro subía sigilosamente por la escalera de caracol le quitaba a Serena una cosa, de la que luego nunca le volvía a hablar, ni ella tampoco le preguntaba dónde la había puesto. Y él la miraba con recelo y un poco de incredulidad.
-¿De verdad que no te importa que me lleve también esto? Lo hago para guardarlo mejor. Pero, al fin y al cabo, es tuyo- le decía.
-No, no, de verdad. Contigo estará más seguro. Y además a mí me gustan mucho los cuartos vacíos.
Hasta que se quedó sólo con el costurero, objetos de primera necesidad, algunos libros y unas cuantas chucherías baratas. Pero Lucandro, de esa manera, empezó a respetar su retiro y a dejarla en paz.
A él se le hacía corto el día para pasar revista a todas las riquezas de aquel enorme castillo. Recorría a diario y una por una sus habitaciones. Y cuando dejaba alguna por revisar, por haberse entretenido más de lo debido en las otras, se iba a la cama tan disgustado que se tenía que volver a levantar para terminar la tarea.
Una de las cosas que le irritaba, era que los criados, al limpiar, le cambiasen algo de sitio. Necesitaba ver siempre las cosas en los mismos sitios. Su manía había llegado a tal punto que hasta las estatuas del jardín bajaba a inspeccionar y las contaba, igual que la vajilla o las joyas, como si alguien se las pudiera llevar. Y cuando les pasaba los dedos por el pedestal de alabastro, para comprobar si habían sufrido algún deterioro, en lo único que pensaba era en el mucho dinero que valían, nunca en si eran bonitas o feas o en la historia que podía haber vivido la persona muerta a la que estaban representando. Y ellas le miraban desde lo alto con frialdad y desprecio, como miran siempre las estatuas.
A Lucandro, antes de bajar al jardín, le gustaba detenerse unos instantes en el puente levadizo que había sobre el Foso de las Brundas y contemplar desde allí la gran escalera blanca y las tres murallas con los espacios correspondientes que cada una defendía. Y respiraba satisfecho. “Todo esto es mío- murmuraba-. Todo lo que está a mis pies ahora, es mío.” Y se inclinaba después hacia el foso profundo que corría bajo la lámina de hierro del puente. Hacía un chasquido con la lengua o arrojaba una piedra al agua oscura, y sonreía al ver los bultos rojizos de las brundas que sacaban la cabeza para mirarle con ojos relucientes. En seguida volvían a sumergirse con mansedumbre, sin emitir grito de alarma alguno, y se volvía a escuchar el batir de sus colas contra el agua del foso. En eso conocía Lucandro que a él ya habían aprendido a conocerlo.
-Tengo en ellas los guardianes más fieles del mundo- se decía complacido.
Pero lo que no sabía era que, de tanto observarlas, cada día que pasaba se iba pareciendo más a ellas.
Serena fue la primera en notar que Lucandro empezaba a volverse como aquellos animales que había amaestrado para que le defendieran. Hacía los mismos gritos nerviosos y bruscos cuando oía a sus espaldas un rumor sospechoso, levantaba la cabeza con un gesto parecido. Y por la noche, si se despertaba sobresaltado y se asomaba a la ventana a acechar las tinieblas, al volver luego a entrar al dormitorio, sus ojos desprendían un fulgor amarillento que se prolongaba por el aire como la luz oscilante de una vela.
Serena le miraba entre los párpados semicerrados. Solía hacerse la dormida y fingir que no se enteraba de sus insomnios, para lograr, a cambio, que Lucandro no le preguntase por los suyos. Pero al cabo de un rato, cuando él ya había vuelto a meterse en la cama con dosel que compartían y empezaba a roncar, ella se atrevía a abrir los ojos de par en par y a rebullir un poco, y era como soltar pájaros de una jaula. Poco a poco aprendió también a echarse fuera de la cama sin hacer ruido; se deslizaba de puntillas por la escalera arriba y se asomaba al balcón de su cuarto de costura a mirar las estrellas que hacían guiños encima de su cabeza. Se acordaba que él estaba abajo durmiendo.
-¡Cómo se parece a las brundas!- pensaba.
Y sentía una mezcla de miedo y pena, porque de niña había leído muchos cuentos donde las personas se convertían en animales y los animales en personas y se preguntaba si tal vez pesaría sobre Lucandro un maleficio de ese mismo tipo.
La noche le gustaba mucho a Serena, y era cuando se le ocurrían fantasías más raras. Las apuntaba en un cuaderno de tapas verdes, donde escribía también los sueños que había tenido. Esto era más difícil, porque los sueños hay que apuntarlos en seguida de haberlos soñado: si no, se les va el polvillo de oro, igual que cuando se tocan las alas de una mariposa. Serena tenía miedo de que Lucandro se despertara y la encontrara con la vela encendida, así que aprendió a escribir a oscuras, y al día siguiente casi nunca entendía lo que había escrito. Aunque algunas de las cosas que veía en sueños eran bastante terribles, si se le olvidaba apuntarlas le parecía que había perdido algo, porque todo aquello lo sentía más verdad que lo que veía cuando estaba despierta. La única llave que conservaba era la del cajoncito donde tenía guardado el cuaderno de tapas verdes y la llevaba al cuello colgada de una cadena, que se quitaba por las noches al desnudarse. Nunca se atrevía a decirle a Lucandro que le gustaría mucho dormir ella sola en otro cuarto.
Las horas en las que se sentía más libre y a sus anchas eran las del atardecer, sobre todo desde que Lucandro había dejado de subir a molestarla al cuarto de costura. Le encantaba asomarse a mirar la puesta de sol sobre la Ladera de los Lobos, quedarse quieta en el hueco del balcón esperando a que el cielo palideciera y saliera la primera estrella. Muchas veces se le llenaban los ojos de lágrimas.
Una tarde, cuando estaba allí, entró Lucandro sin avisar, la abrazó por detrás y ella dio un grito. Le preguntó él que qué hacía asomada al balcón a oscuras y que por qué se había asustado tanto.
-No sé- dijo ella-. No hacía nada. Mirar.
Y procuraba hablar sin que se le notara que estaba llorando. Porque sabía que eso de que llorara era lo que más le enfadaba a él. Pero la voz se le quebraba y las lágrimas le corrían por la cara sin que fuese capaz de contenerlas. Lucandro, muy alterado, empezó a hacerle preguntas sobre la causa de su llanto, y ella se encogía de hombros y guardaba silencio mirando para abajo. No sabía que contestar.
-Pero algo te pasará- insistía él-. En algo estarías pensando cuando he entrado. ¿En qué pensabas?
-En nada. En tonterías.
-Dímelo- mandó él-. Aunque sean tonterías.
-Me da pena que se vaya el sol- dijo, por fin, Serena-. Es mi amigo: Me gustaría tener alas en los pies y seguirlo a conocer todas las casas donde se mete y todos los ríos en los que se baña y todas las personas a las que alegra el corazón.
A Lucandro todo aquello le pareció muy raro y le puso de mal humor, como todas las cosas que no entendía. Así que aquella misma noche, después de la cena, que transcurrió sin que ninguno de los dos despegara los labios, en vez de acostarse, subió a visitar a Cambof Petapel y mantuvo con él una larga consulta.
Combof dijo que tal vez a Serena le conviniera cambiar de aires y hacer un viaje. Pero a Lucandro no le gustó nada aquel consejo.
-¿Por qué dices eso?- preguntó-. ¿Qué razones puede tener Serena para no encontrarse bien aquí?
Cambof explicó que las mujeres tienen unos sentimientos y unos sueños especiales, que él lo sabía por la época en que había sido princesa. Y se puso a contar cómo era el palacio de su padre y el jardín que se veía desde la ventana ojival de su cuarto.
Pero Lucandro lo interrumpió, porque le aburrían las historias de otros.
-¿Y qué pasaba? ¿Querías viajar?
-Si- contestó Cambof-. Y también que hablaran conmigo. Nadie hablaba conmigo ni me consultaban nada. Todo lo decidían los demás por mí.
-¿Y tú crees que a Serena le gustaría viajar?
-Yo creo que sí. Pero se lo deberías de preguntar a ella y así lo sabrás seguro.
Lucandro quedó con el gesto fruncido.
-No- dijo-. Yo creo que no le gustaría. Así que no se lo voy a preguntar.
Le parecía que era un capricho tonto, caso de que lo tuviera. Y, además, salir de viaje significaría dejar el castillo expuesto a un posible asalto de los ladrones. Cuando Lucandro decía “ladrones”, pensaba siempre en aquellos rostros curtidos y serios de los campesinos de Belfondo, que apenas se alzaban al verlo pasar a caballo. Tampoco él se atrevía a nunca mirarlos a la cara. Sentía una amenaza en su actitud reservada, como de animales al acecho. Tituc le había venido con cuento de que querían tierras mejores y de que andaban algo agitados. Cuanto mejor se les trataba, más pedían. Le envidiaban porque era rico. Y por lo visto estaban pasando mucha más hambre porque la cosecha había sido mala.
-Pues ocúpate de ellos un poco más- le aconsejó Cambof-. Baja al pueblo a hablar con ellos. Nunca lo haces y eso debe ser lo que los tiene descontentos.
-Total- se enfadó Lucandro-, que he venido a que me resuelvas un problema y me sales con otro.
Cambof le miró muy serio, moviendo la cabeza.
-Tu único problema, Lucandro, es que tienes el alma encogida- le dijo-. Quiere crecer y no la dejas. Quiere gritar y le tapas la boca. Quiere volar y le atas las alas. Ni yo ni nadie te podemos ayudar a ensanchar el alma. Sólo tú, desde dentro, lo puedes hacer. Pero no quieres. A tu alma la tratas peor que a tus vasallos.
Lucandro no llevó de viaje a Serena, aunque procuró dedicarle más tiempo y más atención. Pero a ella no pareció gustarle que estuviera pendiente de sus movimientos y de sus humores. Y es que notaba que no lo hacía por cariño, sino por una especie de penitencia que se había impuesto. La atosigaba a preguntas sin poderle sacar nada en limpio más que impacientarse. ¿Qué quería Serena en realidad?
-Nada- le dijo ella un día-. Que no me hagas tantas preguntas. Cuando no me preguntas nada es cuando me encuentro mejor.
Lucandro se quedó bastante aliviado.
-De acuerdo- le dijo-, pero cuando quieras algo, prométeme que me lo pedirás.
-Te lo prometo- contestó ella.
Poco tiempo después, Serena quedó encinta y le pidió a Lucandro que le permitiera poner una cama en su cuarto de costura y dormir allí. Lucandro accedió y le dio a elegir entre todas las camas que había en el castillo. A ella le gustó una de madera de cerezo que tenía incrustado en la cabecera un pavo real en colores tornasolados. Se la subieron al cuarto de costura y la pusieron arrimada al balcón. Serena se pasaba las tardes echada allí, mirando al campo, sin hablar con nadie.
En aquella cama, una tarde de diciembre, Serena dio a luz a una niña. Poco después empezó a nevar y ella cerró los ojos. Sabía que tenía que pedir algo para su hija, porque no se había presentado ningún hada de las que se presentan, en los cuentos, a formular deseos junto a la cuna del recién nacido.
-Que entienda sus sueños mejor que yo entiendo los míos- les pidió con los ojos cerrados a los copos de nieve-. Y que los pueda seguir siempre. La niña tenía piel muy blanca y el pelo y los ojos muy negros. Le pusieron de nombre Altalé.