Monday, April 12, 2004


Después de todo... lo encontré!!!!!....

Soy Feliz!!!! =D





DOS


Lucandro vivía con una mujer muy joven y muy hermosa que se llamaba Serena. Nadie en Belfondo sabía desde cuando vivía allí esa mujer, ni de dónde la había traído Lucandro, ni si estaban casados o no.

La primera vez que se había oído hablar de ella fue un día de verano, cuando unos mercaderes, recién llegados de la ciudad, que distaba treinta leguas, se detuvieron en una posada del pueblo a reponer sus fuerzas y preguntaron por el castillo de las tres murallas.

-¿Vais allí?- preguntó la posadera, bastante extrañada.

-Sí, allí vamos- respondió el más joven de los cuatro. Porque los mercaderes eran cuatro.

Venían polvorientos y sudorosos. La posadera los introdujo en un patio y sacó unos cubos de agua del pozo para que se refrescaran la cabeza y las manos. Luego se sentaron un rato a la sombra del emparrado y el niño de la posadera les trajo pan moreno, queso de oveja, higos y una jarra de vino frío.

Ellos pidieron agua y alfalfa para las caballerías, que habían dejado atadas fuera y que, según dijeron, venían agotadas de tanto calor y de tanta carga.

Traían, efectivamente, una recua de ocho mulas cargadas con grandes cofres. A las preguntas de la posadera, que se moría de curiosidad, contestaron diciendo que aquellos cofres contenían vestidos y aderezos para la señora del castillo.

-¿Qué señora?- preguntó la posadera-. El señor del castillo no está casado. Se enfadará si llamáis allí por equivocación. No le gusta ser molestado por nadie.

Pero los mercaderes aseguraron que no había equivocación, que el propio Lucandro era quien les había encargado toda aquella rica mercancía para ofrecérsela como regalo a su mujer.

La posadera se quedó un rato pensativa, mirándolos comer.

-No puede ser- murmuró.

Luego se metió en el local, despertó a su marido, que estaba dormitando entre un run run de moscas, y le contó con muchos aspavientos lo que le habían dicho los mercaderes. El herrero y el molinero, que estaban un poco más allá jugando a las cartas, interrumpieron la partida y se acercaron para enterarse también. Y la posadera les pidió que salieran con ella al patio para servirle de testigos. El herrero, el molinero y el posadero afirmaron rotundamente que el señor del castillo de las tres murallas no vivía con ninguna mujer, y trataron de convencer a los mercaderes, pero sin conseguirlo.

Se bebieron aquella jarra de vino y otra, pagaron con generosa propina y salieron, por fin, a desatar las mulas. Parecían de muy buen humor. El niño de la posadera se ofreció a acompañarlos hasta el pie de la Muralla Erizada y se alejaron los cinco con las caballerías bajo el sol abrasador de agosto.

No habría pasado ni un cuarto de hora cuando el aldabonazo recio y sonoro de la verja del castillo atronaba con sus ecos todo el valle.

La posadera fue por las casas del pueblo propagando la extraña novedad. Algunos vecinos, a pesar de ser la hora de la siesta, ya se habían asomado a las ventanas de sus casas o habían salido a la calle. Se fueron congregando poco a poco bajo los soportales de la plaza y hablaban entre sí con aire de misterio. Pasaban tan pocas cosas en Belfondo que cualquier noticia relacionada con el castillo de las tres murallas era como tirar una piedra a las aguas dormidas de un estanque.

Así que cuando llegó el niño de la posadera, todos le rodearon y le acosaron con preguntas. Llevaban un rato esperándolo ansiosos, y les parecía que tardaba mucho. Incluso algunos chicos de su edad habían salido a su encuentro y ahora se adelantaba corriendo para resumir a los demás con mucho alboroto lo que él les había contado.

Entre unos y otros no le dejaban hablar, ni tampoco él sabía por dónde empezar de tan emocionado como venía. Tartamudeaba, mirando dos monedas que traía apretadas en el puño y que de vez en cuando le brillaban por entre los dedos. Se las había dado Tituc, el hortelano, como premio por haberle ayudado a meter las mulas de los mercaderes a las caballerizas. En la caballeriza había visto una carroza con muchos adornos de oro en las portezuelas.

-Pero empieza por el principio- le dijo su madre muy impaciente-. ¿Viste a la señora?

No, él no había visto a ninguna señora. Había bajado a abrir Tituc y había hecho pasar a los mercaderes, diciéndoles que su amo ya los estaba esperando.

-¿Dijo su amo o sus amos?- quiso saber la posadera.

El niño se rascó la cabeza pensativo.

-Eres tonto. No se te puede mandar a ningún lado.

-Da igual- interrumpió la vecina-. Si los hicieron pasar es porque los estaban esperando y dices que lo que traían en las mulas era ropa de mujer…

-Yo no ví nada- dijo la posadera-. Eso fue lo que me dijeron ellos. Pero los cofres venían cerrados. No sé si mentirían.

-No, no era mentira- saltó el niño-. Te dijeron la verdad. Yo lo he visto. Eran vestidos y zapatos de mujer. Muchos. Y muchas joyas y abanicos. Y telas de oro transparentes.

Se pusieron a sacarlo todo de los cofres y bajaron criados con cestas a buscar las cosas. Bajaban por una escalera blanca larguísima como la que sube al cielo. Fue entonces cuando Tituc me dio estas dos monedas y m dijo que ya me podía ir. Yo no quería. Me hubiera gustado estar más rato y ver más cosas. Seguro que en la huerta tienen más de mil árboles.

Ya casi había anochecido cuando los cuatro mercaderes volvieron a pasar por delante de la posada con su recua de mulas. Cada cual iba montado en una y llevaba otra por la brida. Se sorprendieron de ver tanta animación y preguntaron si se estaba celebrando alguna fiesta.

-No- contestó la posadera-. Estábamos esperando para enterarnos de qué tal os ha ido en el castillo. ¿No queréis pasar a tomar algo?

Dijeron que no, que preferían llegar a dormir un rato a otro pueblo que estaba dos leguas, donde vivía la hermana de uno de ellos. Y que la invitación a pasar la agradecían, pero que en el castillo habían descansado ya un par de horas, después de cerrar el trato, y les habían dado merienda. Parecían excitados y alegres, como cuando se ha concluido con felicidad un negocio. Pero no se les notaban ganas de entretenerse ni de entrar en más detalles.

-¿Así que está casado el señor del castillo?- se decidió a preguntar la posadera, en vista de que el más viejo, que era el que iba en cabeza, hacía ademán de despedirse y volvía a picar las espuelas a la mula.

Se detuvo un momento y, por toda respuesta, levantó la tapa de uno de los cofres. Estaba vacío.

-Así parece- comentó luego, cerrando nuevamente el cofre-. Arre mula. Se nos hace de noche.

Sus compañeros le siguieron, agitando la mano y sonriendo, a modo de despedida. Sólo el más joven, que había pedido agua y estaba bebiendo, se quedó un poco rezagado.

Se estaba limpiando la boca con el dorso de la manga y mirando con ojos soñadores hacia el sitio por donde acaba de salir una luna de color naranja, cuando la posadera se arrimó a su mula y le hizo un gesto como para indicarle que se agachara.

Estaba tan distraído que le tuvo que jalar de los pantalones.

-¿Qué pasa?- preguntó un poco asustado.

-Nada, calla, que te quiero preguntar una cosa.

El otro agachó el cuerpo, aunque sin desmontar, y la mujer se subió en una piedra para hablarle cerca del oído.

Los otros vecinos, que no perdían detalle, se mantenían apartados.

-Dime, ¿pero la habéis visto?- preguntó la posadera en voz baja.

El mercader joven asintió solemnemente con la cabeza. Tenía un gesto ensimismado.

-Por favor, dime algo más- insistió ella-. ¿Le gustaron los vestidos? ¿Cómo es?

El mercader joven guardó silencio unos instantes.

-Nunca había visto una mujer más bella en toda mi vida- dijo luego-. Pero no quería que el señor del castillo le comprara tantas cosas. Parece algo triste.

No pudo contar más, porque sus compañeros, que se habían parado un poco más allá a esperarlo, se pusieron a darle voces para que se diera prisa.

Desde aquella tarde, la señora del castillo de las tres murallas se convirtió en el tema central de todas las conversaciones.

Hay que decir que los vecinos de Belfondo eran, en su mayoría, vasallos de Lucandro. O sea que él les había cedido tierras suyas para que las sembraran, labraran y se beneficiaran con sus frutos. No lo había hecho apiadado de su pobreza, si no porque pensaba que así le estarían agradecidos y no pensarían en pedirle nada ni en robarle. Pero tenían que pagar tributo y además las tierras que había elegido para darles eran pedregosas. Ya llevaban mucho tiempo dando mala cosecha y por todos aquellos contornos se pasaba mucha necesidad. Los belfondinos querían pedirle a Lucandro que les cambiara sus tierras por otras mejores que tenía sin cultivar al otro lado del valle y que no aprovechaba nadie. Pero no se atrevían. Le tenían miedo. No conocían el nombre de ninguno de sus vasallos ni le importaban sus asuntos, nunca eligió entre ellos a un solo criado para su casa, pasaba de largo mirando hacia el horizonte, como si no los viera.

Precisamente aquél había sido un año de enorme sequía y bastante gente había muerto de hambre. Así que existencia de aquella misteriosa mujer abría una ventana a la esperanza. Tan vez fuera buena y se prestase a acoger con clemencia sus peticiones. Pero pasaban los días y a nadie se le ocurría un medio eficaz para llegar a ella. Estaba claro que Lucandro no tenía interés en que nadie la conociera.

Por Tituc, que bajó una tarde a herrar los caballos, varias semanas después de la visita de los mercaderes, había logrado saber el herrero, a base de mucho sondearle al criado malayo, que su amo llamaba Serena a aquella mujer. Luego existía. Aunque no pudo arrancarle ninguna noticia más.

De todas maneras, como lo que más nos hace creer en las cosas es que tengan nombre, poco a poco la presencia de Serena empezó a extenderse por todo el valle, de una forma impalpable pero tan real como la luz que impregna el atardecer. Era una creencia que todos compartían y que les proporcionaba un extraño consuelo. Decían “Serena” y se ponían a hablar de ella como si la hubieran visto, igual que hablaban de Dios.

Se contaban en Belfondo muchas historias acerca de Serena, pero todas inventadas. Unos decían que era la hija de un rey, otros que no era la mujer de Lucandro sino su hermana, otros que se la había comprado a unos piratas berberiscos que la llevaban a vender como esclava. Hubo quien llegó a decir que practicaba la hechicería, que algunas noches de luna se escapaba del castillo y que se la había visto vagando por los campos en camisón, como un alma en pena, recitando conjuros incomprensibles.

Pero lo cierto es que nadie la había visto.

Hasta que una tarde, un zagal que venía son su rebaño de ovejas a Belfondo, rodeando por la parte trasera de la Montaña Tenebrosa, acertó al alzar los ojos hacia el castillo y vio en los balcones de arriba una figura vestida de blanco. Se veía muy pequeñita desde tan lejos, pero se conocía bien que era una mujer.

El zagal se quedó inmóvil sin apartar los ojos de allí ni atreverse a respirar, por miedo a que se le desvaneciera aquella aparición soñada. Peor se puso el sol y no se desvanecía, ni se movía, ni hacía nada más que estar allí. Hasta que se empezó a hacer de noche y el muchacho tuvo que echar a correr porque notó que el rebaño se le había ido. Y la figura blanca seguía allí asomada.

Guardó aquella visión para él solo. Le latía mucho el corazón cada vez que se acordaba, pero no se lo contó a nadie. Pensó: “Si ha sido un sueño, se reirán de mí. Y si ha sido verdad, también ellos querrán venir a ver la figura blanca, harán mucho ruido y ya no será mía, la habrán visto todos”. Era tan pobre que no quería que nadie le quitara la primera cosa que tenía en su vida, y que era suya sólo por habérsela encontrado él.

Así que guardó el secreto. Y se sonreía un poco cada vez que oía hablar a la gente de Belfondo de la señora del castillo de las tres murallas, a quien nadie había visto.
Se acostumbró a seguir siempre el mismo camino a la misma hora, aunque antes algunas veces viniera por otros. Y volvió a ver a Serena alguna tarde más. Era verdad. Era ella. Siempre quieta, como si estuviera muerta, siempre vestida de blanco. Mirando hacia el valle. Y cuando se hundía el sol y él tenía que irse en pos de su rebaño, seguía allí todavía. Era verdad.

Y lo que más le gustaba al zagal era pensar que, si estaba viva, tenía que estarle viendo igual que él la veía a ella. O todavía mejor, porque siempre se distingue todo más claro desde lo alto, y especialmente cosas que se mueven, como es un rebaño de ovejas con su pastor. Cuando Serena estaba asomada al llegar ellos, era como si los estuviera esperando.


Porque además al anochecer no pasaba nadie por aquella ladera. Tenía fama de ser peligrosa. La llamaban la Ladera de los Lobos.