Friday, April 09, 2004



El castillo de las tres murallas
Carmen Martin Gaite

UNO


Había una vez, hace mucho tiempo, un hombre inmensamente rico, pero tan desconfiado que nunca había sido capaz de disfrutar su riqueza sin sobresaltos. Se había hecho construir en lo alto de una enorme montaña un castillo de mármol negro rodeado por tres murallas, a las que bautizó con los nombre de la de los Fosos, la Roja y la Erizada; y estaban dispuestas por ese orden, contando desde abajo. O sea que la muralla Erizada, que era también la más alta, abarcaba a las otras dos y es la que se veía más cerca al pasar al pie de la montaña.

Entre la muralla de los Fosos y las paredes negras del castillo corrían dos fosos que le daban nombre, paralelos y un poco separados uno de otro.

De los dos, el más profundo y terrible era el que estaba pegado al castillo, sirviéndole de cinturón de seguridad. Por sus aguas, de un verde oscuro, nadaba una especie de ratas gigantes de color rojo y cola de cetáceo que se llamaban “brundas”. Estaban muy nerviosas porque nunca dormían; y se pasaban todo el día y toda la noche batiendo con la cola el agua quieta del foso, que hacía un ruido monótono al chocar con el basamento del edificio. Sus ojos brillaban con una fosforescencia amarilla, tenían un oído extremadamente fino y, en cuanto percibían pasos o cualquier rumor sospechoso al otro lado de la muralla, lanzaban un grito de alerta, mitad chillido de foca, mitad graznido de cuervo, tan agudo y espeluznante que hubiera sido capaz de espantar por sí solo a una cuadrilla de ladrones.

El otro foso de más abajo, aunque se llamaba así “el Foso de Abajo”, era más bien un riachuelo bordeado de arbustos y de ribazos, y en él se criaban peces de carne exquisita que proporcionaban alimento en toda estación. Sus aguas eran muy transparentes y plácidas y se podían surcar en un barco alargado como de juguete, pintado de colores vivos y resguardado con quitasoles bordados en oro y plata. Pero la cercanía del Foso de la Brundas y la sombra de la muralla que se cerraba sobre ambos hacían un poco siniestro el paseo.

La Muralla Roja se llamaba así porque había sido construida con una argamasa de arenillas rojizas que brillaban como estrellas cuando les daba el sol, y las lluvias torrenciales ni las heladas rigurosas eran capaces de erosionarla, tan resistente era.

Entre la Muralla de los Fosos y la Roja se extendía un jardín en declive lleno de flores y árboles de las especies más exóticas. Por el césped del jardín paseaban doce pavos reales. Había también, repartidos acá y allá con mucho arte, una serie de cenadores, templetes, bancos y estatuas de alabastro representando dioses y ninfas, que daban al conjunto un aire de paraíso. Todo en aquel jardín, especialmente cuando llegaba la primavera y arrancaban a cantar miles de pájaros, convidaba al placer y parecía estar inventado para servir de escenario a grandes fiestas y diversiones.

Pero Lucandro, que así se llamaba el hombre rico, nunca daba fiestas ni invitaba amigos, porque no tenía ninguno. Y lo peor era que tampoco él disfrutaba de las delicias del jardín ni era capaz de sentarse a leer a la sombra de los árboles o tumbarse en paz sobre la hierba a mirar pasar las nubes por entre los ramajes movidos por el viento. Ni dentro de la casa ni fuera de ella podía parar quieto. Se le veía siempre entrando y saliendo con ojos recelosos, yendo de una estancia a otra o de un lugar a otro del jardín, a pasos apresurados, como si se dirigiera a hacer un trabajo muy urgente. Pero nunca hacía nada más que dar órdenes a los criados o interrogarlos sobre la desaparición o la rotura de algún objeto. Siempre pensaba que le estaban engañando y que de ninguno se podía fiar.

El jardín daba mucho trabajo, sobre todo en la época de las lluvias, porque como el terreno está en declive, podían producirse desprendimientos de tierra.

Lo cuidaba un esclavo de raza malaya que se llamaba Tituc. Medía más de dos metros de estatura, llevaba un pendiente grande de latón, alfanje al cinto y pantalones bombeados de paño oscuro. Entendía mucho de jardinería y de horticultura, y de tarde en tarde bajaba a la cercana aldea de Belfondo para abastecerse de semillas y abonos o para preguntarles algo a los agricultores de allí, que eran gente muy pobre. Producía temor, a pesar de su mirada bondadosa, hablaba poco y tenía fama de ser invencible en las peleas.

Era una fama, sin embargo, que nunca había tenido ocasión de poner a prueba para defender la finca de Lucandro. Ningún ladrón si salteador de caminos, de los que tanto abundaban en aquella región miserable, se habían atrevido a jamás merodear por allí, por mucha hambre que tuviera. El castillo de las tres murallas, recortándose contra el cielo, parecía tan inexpugnable y fantasmal que producía respeto ya sólo con mirarlo desde la falda de la montaña. Los campesinos de Belfondo la llamaban “la Montaña Tenebrosa”, y al pasar por el camino que la bordeaba, al pie de la Muralla Erizada, apretaban el paso y se santiguaban, sobre todo si empezaba a caer la noche. Y mientras se alejaban casi corriendo, les respondía desde lo alto el lamento de las brundas en perpetua centinela.

Entre la Muralla Roja y la Erizada, había una franja de terreno muy ancha que se escalonaba en bancales. Allí había plantado Tituc toda clase de hortalizas y árboles frutales que se regaban por medio de primorosas acequias, crecían lozanos y daban cosecha en cualquier época del año. También se cultivaban gran profusión de hierbas medicinales, a las que Lucandro era muy aficionado, porque según le iba cambiando el humor, se inventaba una enfermedad distinta. Él mismo bajaba, a veces a plena noche, a arrancar la hierba que le parecía adecuada para calmar su dolor en aquel momento, él mismo la cocía y se preparaba una tisana. Las hierbas medicinales estaban plantadas por colores en una parcela que se llamaba “el rincón del arco iris” y que iba del rojo al violeta. Las hierbas de tonos verdes curaban males del hígado, las amarillas el dolor de riñón, las azules el de cabeza, las rojas el de barriga, las añiles para el reúma y, por último, las violetas estaban indicadas para todos los malestares que no se podían definir. El trozo donde crecían estas hierbas violetas y malvas era mucho más grande que el de los demás. Porque eran las que Lucandro necesitaba tomar con mayor frecuencia. Así que la parcela arco iris, con todos los colores repartidos tan igualitos y de repente la mancha aquella enorme al final, parecía el dibujo hecho por un niño aplicado y cuidadoso, al que se le hubiera volcado un tintero de tinta malva cuando lo estaba terminando.

Dentro de este recinto entre la Muralla Roja y la Erizada, que era el más grande de los tres, había también un bosquecillo a poniente donde se criaban faisanes, perdices, conejos y codornices. Un poco más abajo, un establo con vacas y, adosada a él, una granja con patos, gallinas y cerdos. De esta manera, la alimentación estaba asegurada para todo el año y solamente en alguna ocasión extraordinaria había que bajar a Belfondo a buscar algo.

Las pocas veces que Lucandro salía, lo hacía a caballo. Tenía un caballo blanco que se llamaba Info y otro negro que se llamaba Palermo. La caballeriza estaba ya pegada a la última muralla y desde fuera se podían escuchar distintamente los relinchos de Info y Palermo, que, aunque se llevaban muy bien, se aburrían mucho allí encerrados y a veces se ponían algo inquietos.

La Muralla Erizada, que era la tercera y última, se llamaba así porque estaba coronada de cristales, pinchos, púas, espinos y zarzas, para evitar que nadie la saltase desde el camino. Era de piedra gris jaspeada con vetas de plata, y estaba interrumpida en el centro por un gran arco de bóveda con una inscripción en la piedra que decía: “Pasad de largo”.

Si algún caminante, desoyendo este consejo, se metía por debajo del arco, se encontraba ante una verja enorme que guardaba la entrada del castillo. Era toda de hierro sobredorado y tenía en el centro un aldabón grande en forma de dragón. Este aldabón pesaba mucho y estaba colocado a bastante altura, de tal manera que sólo una persona alta y vigorosa podía hacer uso de él. Pero cuando se usaba, sus ecos se extendían por todo el valle, sonoros como tañidos de campana. Era tan raro que alguien llamara al castillo de las tres murallas que aquellos aldabonazos, cuando resonaban en el pueblo, se tenían por un acontecimiento, y todos los vecinos de Belfondo se asomaban a las ventanas, preguntándose qué pasaría. También, en estos casos, aumentaba considerablemente la agitación de las brundas, las cuales, además de emitir su chillido habitual, se ponían a dar unos saltos tan fieros que casi llegaban a las ventanas del primer piso.

Pero esto de llamar el aldabón ocurría muy pocas veces. Lo que sí era más frecuente, en cambio, es que algún peregrino o mendigo que acertara pasar por allí se acercase a la verja, atraído por la curiosidad, y se pusiera a mirar por los huecos. Los hierros de la verja estaban unos tan cerca de otros que ni siquiera un gato recién nacido se hubiera podido colar entre ellos, pero el ojo de un hombre sí cabía. Y lo que se veía era una escalera de mármol blanco interminable que subía encajonada entre las barandillas.

Eran éstas dos parapetos de mármol que, atravesando en línea recta la Muralla Roja y la de los Fosos, llegaban hasta la puerta principal del castillo. La escalera se convertía en un puente de tres arcos al pasar por encima del Foso de Abajo y en un puente levadizo al llegar al Foso de las Brundas. Al cabo de este puente estaba, por fin, la puerta principal de la entrada al castillo, que era de madera de cedro y estaba protegida por otra verja. Pero todo esto desde la verja de abajo no se distinguía bien, porque la escalera era tan larga que se perdía de vista.

Tenía trescientos sesenta y cinco escalones, tantos como días tiene el año, y estaba dividida en cuatro tramos que llevaban escritos al comienzo de cada uno el nombre de las distintas estaciones. Cada treinta escalones había rellanos amplios para descansar, con miradores y asientos. La barandilla de la izquierda estaba esculpida con imágenes relativas a los astros y los signos del zodiaco, alternando con otras que representaban batallas y acontecimientos de la remota antigüedad. La barandilla de la derecha era lisa y, de vez en cuando, se veían en ellas unas inscripciones donde se iban explicando los dibujos de enfrente. Pero estas inscripciones estaban hechas en una escritura de caracteres tan menudos y enredosos que no se entendía nada.

El artista que había grabado aquellas letras sobre la barandilla de la derecha era un sabio oriental que se llamaba Cambof Petapel y tenía más de cien años. En su juventud se había dedicado al estudio de los jeroglíficos y de todas las formas de escribir que existen en el mundo. Pero de tantas caligrafías como habían pasado por delante de sus ojos, las confundía ya todas en su memoria, y había tenido que inventar una escritura nueva, mezcla de todas las que aprendió en su vida y de algunos signos y dibujos añadidos por su imaginación de viejo, que era todavía más rara y loca que la que tenía de joven.

Cambof Patapel llevaba muchos años viviendo en el torreón más alto del castillo de las tres murallas, dedicado a esculpir figurillas de madera, a disecar animales y a mirar los astros con un catalejo. La habitación de Cambof Patapel tenía techo de cristal y estaba adosada a una almena. Él mismo la había arreglado y la tenía llena de libros, de mapas terrestres y celestes, de herramientas de carpintería y de retortas y probetas donde ensayaba mezclas con líquidos, hierbas y polvos de colores. Porque también era químico y curandero. De lo que más entendía era de leer en el rostro de las personas para adivinarles las enfermedades del alma.

-Los males que no dan fiebre ni hinchazón ni salpullido, ésos son los peores de todos- le decía a Lucandro, cuando este subía a consultarle algún problema o a pedirle remedio para uno de aquellos malestares tan difíciles de explicar que le quitaban el sueño y la respiración.

Cambof Patapel era la única persona de este mundo de la que Lucandro no desconfiaba y a quién pedía consejo en ciertos trances, aunque luego nunca le hiciera caso. Después de mucho observar su conducta, había llegado a la conclusión de que nunca intentaría robarle ni engañarle, porque no le interesaban las riquezas. Y esto le tranquilizaba y hasta le producía una punta de respeto. Aunque no lo pudiera entender.

Otra cosa que admiraba mucho a Lucandro de Cambof era que nunca se aburriera ni se le notara preocupado.

-¿Por qué voy a estar preocupado? -decía Cambof cuando hablaban de este tema-. No tengo motivos. Y si los tengo, se me han olvidado ya.

Motivos de preocupación reales tampoco los tenía Lucandro, pero se los inventaba de tanto vigilar lo que tenía, de tanto contarlo y sacarle brillo. Estaba rodeado de objetos sin vida que le esclavizaban.

-¿Para qué quieres tantos relojes, si no les dan cuerda?- le preguntó Cambof un día que accedió a visitar con él las habitaciones del castillo.

En cada una había, en efecto, por lo menos un reloj de mesa, de consola o de pared.
Eran de estilos muy diferentes, unos estaban debajo de un fanal, otros incrustados en el vientre de un león de marfil o en el escote de una pastorcita de porcelana, las pesas de otros eran de oro y piedras preciosas. Pero todos estaban parados. Y era porque Lucandro no podía aguantar la idea del paso del tiempo. Cuando pensaba que todas aquellas riquezas que con tanto desvelo conservaba iban a vivir más que él y a ser tocadas por otras manos, se enfurecía. Era un pensamiento que trataba de espantar siempre, pero que le volvía a venir cuanto más lo espantaba, como pasa con las moscas. Y cuando Cambof Petapel le veía entrar en su torreón por la noche con la respiración entrecortada y los ojos de un loco, ya sabía que estaba pensando en aquello.

-¿Tú no tienes miedo a morirte?- le preguntaba Lucandro.

-Yo no. Porque ya me he muerto otras veces y no te creas que se nota mucho.

Narraba episodios de otras vidas anteriores que, según decía, había vivido. Había sido pirata, soldado, ermitaño, princesa y hasta águila, y nunca supo cómo pasaba de un estado a otro. Y aunque seguramente se trataba de sueños que tenía o de historias que había leído o alguien le había contado a lo largo de su dilatada vida, él las contaba a su vez con tanta emoción y detalle que parecían recuerdos propios.


Cambof Petapel era muy pequeñito, vestía una túnica de colores y tenía el pelo liso y muy negro, sin ninguna cana. Comía poco, dormía menos y se había olvidado de quién era...